Pedro empezó a trabajar desde casa. Era un mes de poco trabajo de todas formas. En noviembre e incluso diciembre, no había actividad, y prefería estar cerca de ella.
Estaba tratando de hacer yoga, pero la verdad es que estaba siempre tan cansada, que lo único que quería era dormir.
Eso era de día, porque de noche no pegaba un ojo.
La bebé se movía de acá para allá, y estando acostada no encontraba postura para estar cómoda sin que le faltara el aire.
Se acostaban y los dos miraban maravillados como la panza de Pau se movía y cambiaba de forma. Le hablaban a su bebé siempre que podían, y aunque en un principio se habían sentido algo tontos haciéndolo, cada vez les resultaba más fácil.
Con el bolso y la habitación lista, quedaba un tema que charlar. El nombre.
Cuando naciera no podían seguir llamándola “la bebé”.
—A mi me gustaría algo raro. – dijo pensativa.
—Evangeline. – dijo rápidamente sonriendo.
—No tan raro. Parece nombre de analgésico para dolores menstruales. – respondió arrugando la nariz.
—Ey… mi abuela se llamaba así. Y la chica que me gustaba en el jardín… – casi hacía pucheros. —Es un nombre
hermoso.
No quería ofenderlo así que dijo sonriendo.
—Pero estamos en Argentina, y es un poquito peculiar, nada más. Busquemos algo intermedio. Que se pueda decir en ambos idiomas.
—Chloe.
—Muy difícil de pronunciar. Vos decís “Cloui” acá le van a decir chloe.Malísimo.
El puso los ojos en blanco, resignado.
—A vos te gusta Evangeline, y cualquier otro te va a parecer feo, no? – le preguntó entornando los ojos.
—Es un nombre precioso. – insistió.
—Tiene que haber alguna variante, algo que sea parecido y no tan.. – lo miró. —No tan especial.
Saltó de la cama y buscó su notebook.
—Evangeline… mmm… Evangelina… no. Evelyn…no. – siguió tecleando, hasta que leyó algo que le gustó.
El corazón le dio un vuelco.
Era un nombre raro y esperaba de todo corazón que a Jamie le gustara, porque ese era el nombre indicado. Ese era el nombre de su hija.
Sonrió.
—Y? Qué encontraste? – dijo acercándose.
—Por favor, pensalo mucho antes de decirme que no de movida. – nerviosa y con las dos manos juntas como si estuviera suplicando, le dijo. — Eva.
—Eva. – repitió él.
—Eva… como Evangeline.
El sonrió muy de a poco. Le había gustado.
—Me gusta Eva. – ella aplaudió y mientras sonreía emocionada lo abrazaba con fuerza por el cuello.
—Gracias, mi amor. – lo besó.
El apoyó las manos en su panza y acercándose dijo.
—Hola Eva. – y le dio un besito.
—Un nombre muy inglés, mi mamá va a estar feliz. – se rió. —Siempre quiso tener una hija mujer, y quería que se
llamara Evangeline… o Elizabeth, obvio. – se volvió a reír.
—Por qué no la llamás? – esperó a que contestara, pero no lo hacía. —En cualquier momento va a ser abuela, no se lo quiere perder.
El suspiró.
—No me pongas esa cara…no me mires así. Me cuesta decirte que no, Barbie. – ella lo miró de nuevo mientras
le besaba el cuello, la mandíbula, la mejilla.
—Ok, ok. Mañana la llamo, o me junto con ella así charlamos. – levantó su dedo índice. —Si no cambia o no
muestra señales de querer hacerlo, necesito que por favor entiendas mi decisión de no volver a hablar con ella,
y que por favor vos hagas lo posible en mantener a mi hija lejos también.
—Te lo prometo.
****
Y al día siguiente, efectivamente se juntó con su madre.
Como en viejas épocas habían pasado horas hablando de
trivialidades, y de trabajo. Ella siempre estaba al día de lo que pasaba en la industria, y un poco se imaginó que no
quería ir directo al grano. Quería antes preparar el terreno.
Cuando empezaron a tocar los temas escabrosos, ella toleró y escuchó con paciencia, todo lo que su hijo tenía que decirle. Todo eso que se había estado guardando por años.
Su madre no se imaginaba ni por casualidad, todas las cosas que le habían pasado por la mente y el corazón cuando ella y Francisco se separaron.
Sentían como si fuera la primera vez que hablaban.
Se conectaron de una manera que no lo habían hecho antes, y se sentían más livianos.
Elizabeth estaba dispuesta a renunciar a todas las propiedades, incluyendo la cual que actualmente ocupaba.
Pero él se había negado. No le interesaba ese dinero, en lo más mínimo.
Y no se trataba de una cuestión de orgullo, simplemente no le importaban lo suficiente. Para él no tenían el valor que su madre si les daba.
Lo único que le había pedido, de ahora en más, fue honestidad y un buen trato hacia su esposa y su familia.
Ahora eran parte de su vida, y de la vida de su bebé. Le gustara o no.
Afortunadamente, la mujer entendía todo a la perfección, y estaba sobretodo agradecida por esta segunda oportunidad
que su hijo le estaba dando.
Para ser justos no era la segunda, era como la décima. Y ahora todos estarían más cómodos.
Con el tiempo fueron encontrando la mejor manera de relacionarse y volver a ser lo que eran.
****
Ese mes había pasado rápido.
Estaba ansiosa, y ya quedaba cada vez menos.
Su amigo Marcos había vuelto a Argentina, y ya definitivamente se había instalado a vivir con su pareja Coty.
No le gustaba la idea, y todos lo sabían, pero no podía decir mucho en frente de él, porque quería verlo feliz. Y en verdad lo parecía.
Hacía un par de noches que dormía sentada entre almohadones y Pedro ocupaba un rinconcito mínimo de la
cama sin quejarse.
Había leído que para esta época la futura mamá se ponía muy incómoda y empezaba la impaciencia por el parto, y
era tan cierto.
En preparto les habían enseñado todas las respiraciones, todas las posturas para tolerar las contracciones en ese momento, y por supuesto les habían dado una visita guiada por las salas de parto del sanatorio a donde se hacía atender.
Y no era que el miedo se le hubiera ido, eso seguro que no.
Pero ya se había cansado de estar embarazada. Se sentía
pesada y muchas veces sofocada.
Era diciembre, y el calor no la estaba ayudando tampoco.
Su esposo le hacía masajes siempre, y podía ver que se desesperaba por hacerla sentir aunque sea un poquito mejor, pero no. No la estaba pasando bien.
Y para colmo, su casa ahora era como la terminal de ómnibus. Siempre llena de gente, que quería verla y quería
estar cerca porque se acercaba la fecha.
Su compañero Mateo había silbado abriendo mucho los ojos cuando la vio abrirle la puerta.
—Estas enorme. – y se tuvo que callar porque Pedro que estaba parado detrás de ella le hizo señas con el dedo
índice en los labios de que no le dijera nada.
—Andate a cagar. – respondió ella malhumorada.
—Bueno, pero ya no falta nada… en poquito tiempo vas a tener a tu bebita. – quiso sonreírle, pero ella seguía mirándolo mal.
—Sos un idiota. – dijo su amiga Ana, que había ido con él. —Estas hermosa, no le hagas caso. Mirá lo que te traje.
Le dio una bolsa con un libro.
Ella lo abrió curiosa.
Era el libro del bebé, pero en formato de un álbum de fotos.
—Es para que te canses de sacarle fotos y después se las muestres.
—Oww.. – abrazó a su amiga con lágrimas en los ojos. —Graaaacias.
—Ey, es de parte de los dos. – dijo Mateo abriendo los brazos para que lo abrazara también.
Se rió y secándose los ojos fue a abrazarlo a él también.
—Gorda y todo te quiero. Ves? – le dijo haciendo que todos se rieran.
Los días pasaban a toda velocidad, y ya estaba en el séptimo mes de embarazo. En el curso de preparto les
habían dicho que era una buena idea armar un bolsito con lo necesario para el gran día.
Y entre eso y su gran panza, era en lo único que podía pensar. El gran día.
Y estaba aterrada. Todas las mujeres que conocía que tenían hijos, le habían contado su experiencia. Y eran
todas tan distintas que no sabía como reaccionar.
Su madre había tenido dos partos rápidos y hermosos, mientras que su suegra había estado cerca de 20 horas
pariendo. Mierda. No podría soportar tantas horas de dolor.
Ya habían hablado con el doctor Benjamín, y habían llegado al acuerdo de que sería un parto natural si así se daba. Pero ante la primera complicación tenían que hacerle una cesárea. No estaba para nada en contra de la epidural. Era su único consuelo, de hecho. Y Pedro parecía estar de acuerdo.
Ahora leía los libros de embarazo a su lado, y muchas veces le hacía algún comentario, o le señalaba páginas con cosas que quería que leyera. Llegaba la noche y ahí estaba él, en la cama con su librito “Voy a ser mamá”. Le daba una
ternura inmensa. Era su forma de lidiar con los miedos.
Estando preparado para todo. Sintiendo que tenía el control de algo de lo que pasaba a su alrededor.
Entraban al último trimestre y tal vez el más importante.
También eran sus últimos días de clases.
Cuando estuviera entrando al octavo mes, terminaría de cursar, y no podía esperar a que eso ocurriera. Se cansaba muchísimo. Caminar dentro de la universidad la agotaba.
Además era molesto porque tenía que excusarse para ir al baño cada 5 minutos. Estaba tomando cantidades de
líquidos, indicadas también por su médico, y eso solo lo hacía peor.
El lado positivo es que la piel y el pelo se le había puesto lindo. Tenía el pelo suave, y dócil. Nunca lo había
tenido tan brillante. Su piel se veía lustrosa y pareja.
Este sería el brillo que todo el mundo siempre veía en las embarazadas.
El sexo se empezaba a complicar.
Cada vez tenían más dificultades por la dimensión de la panza, y tenían que ingeniárselas, pero podía decir que él seguía sintiendo el mismo deseo de siempre.
Seguía viéndose con Elizabeth, que la estaba malcriando. La había llevado a una muestra fotográfica preciosa, y ella
estaba como loca por ir a buscar su cámara y registrar todo.
Extrañaba los flashes.
Al cabo de un momento, se empezó a cansar y sintió que el ombligo se le endurecía.
Oh no. Las contracciones Braxton Hick otra vez.
Se sentó donde pudo y se llevó las manos a la panza.
—Ay no. Qué te pasa? Te sentís mal? – preguntó su suegra preocupada.
—Se me pasa…no es nada. Pero necesito acostarme un segundo. Estuve mucho tiempo parada. Auu…– su barriga era de piedra.
Sin dudarlo, la mujer sacó su teléfono y marcó.
—Pedro? Estoy con Paula y se siente mal. Necesito que vengas a buscarla. Te paso la dirección.
A los pocos minutos, un Pedro vestido de traje y cara de preocupación llegó al lugar corriendo y resbalando por los rincones.
—Pau? – se acercó a donde estaba. —Te sentís mal? Por qué no llamaron a un médico? – estaba fuera de si.
—No amor. Y estoy bien. – y de verdad lo estaba. —Las Braxton Hicks de nuevo… Estuve mucho tiempo parada.
—En serio estás bien? – la miró a los ojos muy serio.
Ella asintió y él suspirando dos veces se sentó a su lado aliviado.
Después de un rato en el que pareció volver a pisar tierra firme frunció el ceño mirando a su madre y después a ella.
Ahora es que se daba cuenta de que estaban juntas antes de que él fuera.
—Qué hace ella acá? – preguntó mirando en dirección a Elizabeth.
—Pedro. – empezó a decir la mujer. Ya le había dicho que si él se enteraba, cargaría con las culpas. Pero si dejaba que eso sucediera estallaría una guerra en plena muestra de fotos. Y estaban rodeados de prensa.
—Vamos a casa y te explico. Si? Quiero estirar las piernas. – dijo interrumpiéndola.
Todos se despidieron rápidamente y Pedro llevó a su mujer a descansar.
Al llegar, tenía un mensaje de su suegra que decía.
“Cualquier cosa que necesites, llamame.”
Tomó aire y se dispuso a contarle toda la verdad. No se dejó nada adentro.
El al principio se sintió engañado, casi traicionado y se molestó. Pero como sabía que tenía buenas intenciones, de a poco entendió.
Besó a su esposa en los labios suavemente.
—Gracias, mi amor. Pero a mi no me interesa hablar con ella. Vos podés verla, no te lo puedo prohibir. – se encogió de hombros. —Necesito más tiempo. No le creo nada.
—Está dispuesta a devolver toda la herencia. – dijo mordiéndose el labio.
—Yo no quiero nada.
—Se lo dije. – él sonrió.
—No me gusta que te ponga al medio, mi amor. Ella hace eso, y arruina todo.
—Nada va a arruinar lo que tenemos. – le devolvió el beso con la misma ternura. —Cuando estés listo, ella te espera para hablar.
El asintió y se abrazó a ella por un rato.
A la noche la había llamado su amiga Ana. Al parecer las cosas iban bien con Mateo. Tanto que ahora se paseaban en público.
Esto a ella le molestaba muchísimo, porque ya había aparecido en algún sitio de internet como la novia
misteriosa del modelo.
Pau compartió con ella su propia experiencia, y eso pareció dejarla más tranquila.
Nico había sufrido eso también. El como el novio de la modelo y el hermano de ella, pero era lo mismo. Lo
molestaban en la facultad, y algunos hasta lo felicitaban.
Pero no le estaban dando buena vida. Más de una vez, lo
habían acosado en la puerta de la facultad para preguntarle por Paula, el sexo del bebé, o cualquier información que pudieran sacarle.
Estaba considerando seriamente la posibilidad de irse a Córdoba.
Pero después estaba Flor, que hacía que la bronca se le pasara y lo mantenía en su lugar. Sin dudas ella era una muy buena razón para quedarse allí.
Semanas después ella entraba en el octavo mes de embarazo, y como había programado, terminaba de cursar.
Listo.
Una etapa de la vida que había cerrado.
Solo le quedaban 5 materias por rendir. Pero ya lo haría más adelante.
Ahora lo único que tenía que hacer era convertirse en mamá.
Se había estado viendo con Elizabeth, y para su grata sorpresa se estaban llevando de maravilla.
De hecho, la estaba pasando bien.
Habían salido a comer afuera, a merendar, se habían hecho manicura y masajes. Sus programas eran siempre parecidos, pero le gustaba. Nunca le había prestado atención a esas cosas y estaba aprendiendo que le gustaba que la mimaran un poco.
Ese día en particular, su suegra la había llevado de compras.
Ya no podía seguir resistiéndose o iba a romper todos sus pantalones. Y pretendía seguir usándolos una vez hubiera bajado de peso.
La tienda a la que la llevó no se parecía en nada a lo que se había imaginado. Era elegante, enorme y sonaba música clásica. Le parecía de verdad increíble que allí fuera a
encontrar algo para ella, pero aparentemente se dedicaban al guardarropa de la embarazada.
Estaba en el probador mientras le pasaban una variedad enorme de jeans, camisetas, y vestidos que eran una belleza. Todos se amoldaban a la perfección sin hacer demasiado evidente su estado, pero acentuando los detalles
más bonitos.
Había un vestido que le gustaba más que los otros. Era un vestido azul, muy veraniego, con pequeñas florcitas,
con corte en la cintura pero con un detalle bajo el busto y escote en V.
Era conservador, pero se sentía femenina y hasta atractiva en él. Sus ojos resaltaban y con el rubor rosado que ahora tenía siempre, la favorecía horrores.
Y así siguió midiéndose hasta que sin darse cuenta había gastado dos sueldos de su trabajo en ropa.
Adelantándose a ella, Elizabeth le dio a la vendedora su tarjeta de crédito.
—No, Elizabeth. No puedo dejar que me pague todo! – se apuró a decir Paula.
—Es lo menos que puedo hacer. Esto no es nada. – la vendedora se la devolvió y la hizo firmar.
No había forma de decirle que no.
Cuando salieron, agregó.
—Apenas pueda hablar con mi hijo voy a devolverle las propiedades. Le voy a dar todo. – negó con la cabeza
avergonzada. —Eso es de ustedes.
—Nosotros no queremos… – la interrumpió.
—Mi padre, quería que eso fuera de él y su futura familia. No es mío. Por culpa de mi codicia, de mi avaricia, me quedé sola. – sonrió amargamente. — Por algo a mí no me dejó prácticamente nada de herencia. Lo sabía. Siempre supo como era.
—De verdad, no necesitamos el dinero. Estamos perfectamente bien. Más que eso. – dijo sonriéndole.
—Les corresponde, y pretendo devolverlo cuando pueda dialogar con Pedro.
Paula asintió y guardando las bolsas en el auto se despidió de la mujer.
Debía creerle todo lo que decía?
Parecía sincera.
****
Todavía no podía creer la propuesta que Eduardo le había llevado.
Básicamente la idea era que la productora se ampliara organizando desfiles a gran escala, como las que se
realizaban en las capitales de moda más importantes del mundo.
El sería el encargado del área, la cara visible. Y Eduardo el nexo que unía la productora de Europa con la suya. Era, casi una sociedad.
Significaría un cambio radical.
Algo ambicioso, pero si salía bien, serían líderes en el mercado.
Todavía no se hacía nada parecido en el país, y los nombres que aparecían en el proyecto tenían un peso que nadie
podría negar. Tendría que hacer una inversión. Algo razonable considerando las posibles ganancias que obtendrían si las marcas más importantes los contrataban.
Implicaba que él volviera a la pasarela, pero del lado de atrás. Sabía del tema, y lo entusiasmaba.
Cuando Eduardo fue a verlo, ya tenía el “si” dándole vueltas en la cabeza, pero tenía una pregunta fundamental que hacerle antes.
—Por qué a mí? – lo miró curioso. —Podrías haber ido a las mejores productoras, a las número 1. Incluso en Europa. Por qué acá? Por qué conmigo?
Eduardo le sonrió.
—Primero porque esta fue mi productora. Yo crecí y me formé acá. Fue siempre mi primera opción. Segundo porque sé como trabajas. Y tercero porque te debo más de lo que te
imaginas. – Pedro asintió. —Me imagino que cuando me recomendaste, tuviste tus razones. Querías estar a cargo de esta. Pero a mi me cambió la vida, y es mi manera de agradecerte, y de devolverte el favor. No tengo dudas de que vas a estar a la altura.
Se estrecharon las manos amistosamente y se pusieron a trazar ideas y pasos a seguir para lo que sería uno de los rumbos más arriesgados de su carrera profesional. Pero también más emocionantes.
****
Cuando Pedro volvió del trabajo traía buenas noticias y quería festejarlas.
Se había quedado sorprendida al leer la propuesta y al ver como le brillaban los ojos a su esposo, sonrió.
Era algo bueno. Muy bueno.
—Vayamos a festejarlo. – le dijo tomándola de la cintura. —Salgamos a comer.
—Dale. – lo besó en la boca. —No me dejes repetir postre, por favor.
El se rio devolviéndole el beso.
Era la ocasión perfecta para usar su nuevo vestido azul. Se dejó el pelo con sus ondas naturales, y apenas se puso rimmel. Estaba contenta con su look. Dio una vuelta frente al espejo.
Mmm….apenas tuviera a su bebé, se pondría de nuevo el vestido, pero con tacones. Seguramente se vería mejor.
Salió a la sala en donde la estaba esperando su esposo. Se había quedado con la boca abierta. Extrañaba esa expresión. Sonrió con más ganas.
—Barbie, estas… – tomó una de sus manos y la miró de cerca. — Preciosa.
—Gracias mi amor. Vos estás precioso también. – de traje sin corbata, se veía guapísimo. Y si a eso le sumaba que con la terapia estaba comiendo sano y había vuelto a entrenar… estaba… muy bueno.
Buscando su boca la besó primero lentamente, rozando su nariz con la suya y después con más necesidad, tomándola
del rostro con ambas manos.
Gruñó por lo bajo tocándola, pegándose a ella. Podía sentir su cuerpo responder a ese beso.
A ella se le empezaba a acelerar la respiración y muy de a poco se fue apretando más a él. Ahora lo primero que lo tocaba era la panza, y ya estaban acostumbrados. Ya sabía como amoldarse a su nueva figura. Llevó una de sus manos sujetándole la cadera y casi de manera violenta retiró su pelo
suelto de su hombro y lo mordió. Las tiras del vestido cedían y cayendo lentamente, le descubrieron el corpiño de encaje azul marino que tenía debajo.
—Hmm… – dijo él apreciativamente mientras la miraba.
Pasó sus manos por su cintura, y arrastrándola la llevó a la habitación.
—Después pedimos algo. – le pidió al oído con la voz ronca. — Salimos a comer mañana. Si?
Ella asintió con los ojos cerrados disfrutando de cómo la tocaba sobre la tela de ese precioso vestido.
Se dejó llevar y una vez más los dos estaban perdidos en el otro.