miércoles, 23 de diciembre de 2015

CAPITULO 116





Llegaron de noche, y no tenían ganas de cocinar.


—Voy a pedir una pizza nada más que porque necesitas comer. Si no, me hacía una sopa y a dormir. Estoy reventado. – dijo bostezando.


—Graaacias. – aplaudió. Tenía hambre.


—Me debes dos ya. – se rió. —Y hoy se me estaba ocurriendo como me las puedo cobrar.


Miró a su amigo, que se reía perversamente levantando una ceja mientras se acercaba a ella.


Instintivamente abrió los ojos como platos.


Mateo empezó a reírse de manera ruidosa.


—Así no, boluda! – ella también se rio ahora.


—Qué se te ocurrió? – preguntó curiosa.


—Quiero que me presentes a tu amiga Anabela.


Eso no se lo esperaba. Frunció las cejas.


—Ya los presenté. – dijo confundida.


—Bueno, que nos veamos en otro contexto… llevala a algún evento.


—Por qué? No es el tipo de tilingas con las que te gusta… “salir”. – puso comillas con sus dedos.
E

l puso los ojos en blanco.


—Me gusta tu amiga. Sabe lo que hace… la vi haciendo unas fotos, y hablando con vos. – asintió impresionado. —Es tímida… no sé. Me llama mucho la atención. Además… –
miró para otro lado un poco avergonzado. —Es muy linda.


Le daba un poco de gracia. Desde cuando él se ponía así? 


No le costaba nada encarar a la mujer que se le cruzara. Le parecía irreal toda esta situación.


—Bueno, te tengo que decir dos cosas. – se rió. —Y probablemente este rompiendo todos los códigos, pero lo
hago por su bien, y por el tuyo.


El se cruzó de brazos, listo para escuchar lo que ella estaba por decirle.


—Cuando te conoció se quedó… muy impresionada con vos. No se como no te diste cuenta como te sonreía, como se acomodaba el pelo, nerviosa. Le gustaste. – vio que su amigo le empezaba a sonreír, y lo frenó levantando una mano. —Pero…


—Pero? – preguntó ansioso.


—Pero cuando hoy te escuchó como le hablaste a la maquilladora, me parece que se le pinchó la burbuja. –
apretó los labios. —De hecho me dijo que eras un pelotudo y que le habías dicho gorda.


—Qué?! Yo no le dije eso. – replicó indignado.


Ella se encogió de hombros.


—Le dijiste que las medialunas tenían muchas calorías… cuando ella estaba comiendo. – suspiró. — Realmente no te das cuenta de la manera que decís las cosas, no? Tampoco te diste cuenta de que maltrataste a la chica que te maquillaba?


El la miraba como si le hubieran salido dos cabezas. Como si Paula, estuviera hablándole en otro idioma.


Resopló.


—Supongo que hay gente más susceptible que otra.


Ella se rió negando con la cabeza.


Su amigo no tenía remedio.


—Con más razón tenes que ayudarme. – ella le estaba por discutir, pero él la interrumpió. —Vos nomás encárgate que esté en algún evento.


Nada más.


—Ok. – cedió ella, poco convencida. —Pero no me hago
responsable de nada más.


El sonrió emocionado, de tal manera que tuvo que devolverle la sonrisa.


En ese momento sonó el portero.


—Debe ser la pizza. Yo atiendo. – dijo Vale.


Corrió hasta el telefonito.


—Si?


—Pau? – se quedó sin aire. — Abrime, tenemos que hablar.


Pedro.


—Qué haces acá? – dijo confundida. La había encontrado.


—Te estuve buscando por todas partes. Dale, bajá.


Como un torbellino, el recuerdo de la última conversación que habían tenido, revolvió todo en su ya perturbada mente. 


Todos sus problemas se resumían a eso.


Esta charla que iban a tener ahora.


Esta que tenía el poder de cambiar su destino. Los ojos le picaban.


En ese breve tiempo que había pasado desde que se enteró hasta ese instante, ya había tomado una determinación. Solo de una cosa estaba segura. Iba a seguir adelante con su
embarazo.


Así tuviera que hacerlo sola.


Sabía que pasara lo que pasara, ese día la cambiaría para siempre. Y posiblemente, todo lo haría. Sus ojos se llenaron de lágrimas.


Estaba asustada. Aterrada. No quería perderlo. No podía vivir sin él.


Pero tampoco podía vivir sin su bebé.


Mordiéndose el labio, hizo sonar el portero para que se abriera la puerta y dejarlo entrar.


En unos pocos minutos, lo tenía tocando la puerta del departamento.


Le hizo señas a un confundido, y algo alarmado Mateo, para que los dejara solos, y él asintió con la cabeza y le apretó la rodilla para darle valor.


Abrió la puerta y se quedó mirándolo.


El estaba ahí, en frente de ella.


Luciendo terrible. Su ropa estaba arrugada, y se le ocurrió que sería la misma con la que había viajado. Su pelo
estaba revuelto, y tenía barba de por lo menos 3 días. Y su mirada estaba llena de… pánico. Estaba asustado.


—Hola. – dijo cauteloso.


—Hola. – respondió tratando de contener las lágrimas. Sin éxito por su puesto.


—No llores. – le dijo con expresión angustiada. —No llores, mi amor. – se acercó dubitativo hasta ella y tomó sus manos.


No pudo aguantarlo y se lanzó hacia él abrazándolo, para llorar en su cuello. El solo la apretó fuerte y la mantuvo ahí, cerca. De a poco, notó que le acariciaba el cabello suavemente y suspiraba


Ella se separó levemente para mirar sus ojos, pero él, queriendo estar cerca todavía, le pasó los nudillos por la mejilla y la besó.


Un beso tierno, lleno de amor, que le llegó al corazón y se lo derritió. No podía parar los sollozos. Se convulsionaba con pequeños espasmos mientras él le sujetaba el rostro con
ambas manos y le besaba cada centímetro de la cara, consolándola.


—Hola, mi amor. – le decía en susurros. —Perdoname. Por favor, perdoname por todo. – la miró con los ojos muy abiertos, llenos de miedo. — Por favor decime que me perdonas y que volvés a casa.


Ella no podía responderle, estaba demasiado abrumada por todo lo que estaba sucediendo. Había extrañado estar en sus brazos. Cómo iba a hacer si tenía que separarse de él? 


Tenían tanto de que hablar.


Aunque ahora lo único que le importaba era esa sensación. 


Estaba a salvo, en un instante congelado en el que solo estaban ellos, en un lugar donde solo existían sus besos, sus caricias y sus palabras de amor.


Estuvieron ahí por largo rato, y ninguno de los dos hablaba. 


No querían romper ese abrazo por el que habían esperado tanto.


Su corazón se sentía más tibio que hacía unas horas. Qué significaba que él hubiera vuelto por ella? Qué pensaría de
todo lo que les estaba pasando? Se había disculpado, pero… – su mandíbula se tensó.


El debió notarlo, porque se separó de ella para mirarla.


—Paula… – dijo serio. Esa cara encendió todas las alarmas en su cabeza.


Tomó aire con violencia, preparándose, pero los interrumpió el portero.


Los dos pegaron un salto.


Ahora sí había llegado la pizza. Le hizo señas para que esperara y bajo a buscarla.



****


Mientras la estaba esperando, el modelo Mateo, salió a la sala y lo saludó sobresaltado asintiendo con la cabeza. El le devolvió el gesto.


Parecía incómodo.


Todo en su actitud lo exasperaba.


La manera en que se movía, tan altanero, tan… soberbio. 


Como miraba a todo el mundo, a su esposa. – apretó los puños.


– Hasta su forma de vestir le parecía irritante. Con esos pantalones chupines ajustados, esas zapatillas gigantes y la
musculosa en cualquier época del año, mostrando constantemente sus tatuajes.


A Paula le gustaban los tatuajes… pensó en la estrella que tenía en su cuello. Si, odiaba a ese idiota. Para colmo de males había tenido que soportar a Walter, más temprano,
cuando había ido a buscarla a la agencia. Estaba tan contento con el trabajo de sus modelos, que le había
mostrado todas las fotos que habían sacado hasta ahora. Y había odiado cada segundo de esa experiencia.


Las fotos eran más jugadas de las que le había mostrado su esposa. Y disgustado, al punto de sentirse físicamente enfermo, tuvo que admitir que salían muy bien juntos. La
producción era sexy, y sin duda vendía eso. Sexo.


Parecían tan cómodos con el otro, con el cuerpo del otro… que lo volvía loco de celos.


Y se maldijo él, y maldijo el momento en que la había alentado a que modelara. Pero en qué estaba pensando?


No quería verla con otro. Ni en fotos actuadas. Menos ahora.


Cuando Paula volvió con la pizza, su compañero le dijo.


—Coman tranqui, que yo salgo ahora. Voy a comer a lo de un amigo. – habló bajo, en tono confidente con ella,
y él apenas podía escucharlo.


Quería arrancarle la cabeza de una patada.


Ella asintió, dándole las gracias y tomando aire un poco nerviosa. El le guiñó un ojo y con una mano le tocó la pierna. 


La rodilla, o el muslo? No estaba seguro. Contó hasta mil,
consiente de que la vena de su frente en cualquier momento le estallaría. Estaba haciendo uso de toda su paciencia y
autocontrol.


Cuando por fin los dejó solos, se aclaró la garganta y rompió el silencio.


—Paula, vine para que hablemos. Para que vuelvas. – estiró su mano queriendo tomar la suya, pero ella dudó.


Y su rechazo se sintió como un golpe.


Y si no podía perdonarlo? Y si la perdía? Su corazón se agitó contra su pecho, y su garganta se apretó con angustia.


No, no, no.




martes, 22 de diciembre de 2015

AVISO!!!




REGALOS DE NAVIDAD Y AÑO NUEVO!!!!


LOS DIAS 25 DE DICIEMBRE Y 01 DE ENERO VOY A SUBIR UNA NOVELA QUE VA A DURAR SOLO ESE DIA.


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CAPITULO 115





Llegó a Buenos Aires después del peor vuelo de su vida. Se le había hecho malditamente eterno. Y para colmo de males, había querido tomarse un taxi en la puerta de Ezeiza, pero estaban de paro.


Tuvo que llamar un chofer para que lo buscara.


Abrió la puerta de su casa y se quedó helado.


No había nadie.


La buscó por todas partes. Y nada.


No había rastros de Paula. Tenía el corazón desbocado, podía escucharlo.


En su pecho y su garganta.


Se había ido.


Sin aliento, entró a su habitación y se encontró una nota en su almohada.


Con manos temblorosas la abrió.



“No me estoy escapando. Necesito un tiempo para entender… todo.
Pensar las cosas. Me gustaría decirte
que no vamos a terminar como me
dijiste, pero no puedo. De verdad, no
estoy segura.
Lo único que te puedo jurar es que
te dije la verdad. Esto es una sorpresa
para mí también, y también fue difícil
enterarme.
Me hubiera gustado hablarlo en
persona. No te lo tendría que haber
dicho por teléfono. Perdón. Pero ahora
no puedo verte.
Dame unos días.
Te voy a llamar cuando esté lista
para hablar.
Sé que no estoy haciendo lo mejor,
pero es lo que me sale.
Te amo. P.”


El alma se le cayó a los pies.


No era la primera vez que le pedía un tiempo. Hacía apenas unos meses también lo había hecho, justo después de
mudarse. Fueron solo unos días, que fueron de ayuda para ambos. Fue de hecho, la mejor decisión en ese momento, y en lugar de separarlos, solo los había unido más.


Había hecho que él se diera cuenta que Paula era con quien quería pasar toda su vida. Despejando cualquier duda que
pudieran tener.


El principio de su relación había sido intensa y habían ido a toda velocidad, frenar había sido sano.


Pero estas circunstancias eran distintas.


Para empezar, estaban casados.


Habían superado todas esas cuestiones, supuestamente. 


Ahora más que nunca tenía que estar con ella. La necesitaba cerca.


Pero…Y si lo que le había dicho por teléfono le había generado dudas?


Sobre él? Sobre el matrimonio? El mismo le había dicho que iban a terminar odiándose. Por qué le había dicho eso? Y si ella se quería separar?


Y si no lo quería más?


Tenía la boca seca.


Había sido finalmente él, el que había mandado todo a la mierda. Se lo había buscado.


Y si ella se iba?


Y si criaba sola a su hijo?


Su cabeza iba a mil por hora.


Por qué sola? Si después de todo, ella era hermosa, y podía hacer feliz a cualquier hombre. Enamorarlo y enloquecerlo como le pasaba a él.


Apretó los ojos y sacudió la cabeza queriendo alejar esos pensamientos.


Era su hijo y no estaba listo para eso.


Pero por qué asumía que ella si lo estaría?


Probablemente estaría aterrada y sola, vaya a saber Dios a dónde. Y con quien. Se habría ido a Córdoba? Con Flor? Con su hermano? A un hotel?


Y si al estar asustada tomaba una decisión de la que después se arrepentía? Si por lo que él le había dicho quería terminar con ese embarazo?


Un inesperado terror lo inundó.


Qué estaba haciendo?


Tenía que ir a buscarla.



****


No podía parar de comer. El estado de ansiedad en el que estaba, solo le producía hambre, y más hambre.


Y era curioso, porque siempre le había ocasionado lo contrario.


Mateo la había estado mirando por un rato con los ojos abiertos.


Le había pedido si podía quedarse unos días con él. Vivía en la otra punta de Buenos Aires, y le venía genial la distancia. 


Su compañero había aceptado de inmediato. Después de todo, era su manera de devolverle el favor. El ya se había quedado en su casa dos veces.


—Te estás escapando. Sabías? – le dijo alcanzándole la fuente, para que se sirviera más ensalada.


—No. No me estoy escapando. Necesito pensar… necesito reflexionar. Entender lo que me está pasando.


Dijo convencida.


—Lejos de tu esposo. – dijo levantando una ceja. —Con él que te peleaste.


—Mmm… – dijo pensativa. —No me peleé. El me dijo de todo.


—Y vos saliste corriendo.


—Ni siquiera está en Argentina. – se encogió de hombros. —Qué sabés? Por ahí ni vuelve. Capáz me deja… – suspiró. —Mi suegra va a estar chocha.


Mateo negó y la miró.


—Te estás escapando.


—Me voy de mi casa unos días… él no está. No veo que tiene de malo. Y si llega a volver, le dejé una notita.


Mateo se rió.


—Una “notita”? – se tapó la cara con ambas manos. —Y qué le pusiste?: “Eh amor, me voy de casa. Pero es por unos días nada más, quiero reflexionar”?


No pudo evitar reírse también. La situación si uno la miraba desde afuera era ridícula.


—Casi con las mismas palabras. – confesó.


—Le dijiste a donde te ibas? – preguntó más alarmado.


Ella negó.


—Vos entendes que cuando el chabón se entere me va a venir a buscar para colgarme de las bolas, no?


Se rieron.


—No. – entornó los ojos. —Bueno, no creo.


—Me debes un favor muy grande. Muy grande.


—Ya sé. – dijo ella más seria.


Claro que lo sabía.


—Bueno, basta. Vamos a la agencia que Walter nos debe estar esperando. – dijo quitándole la tensión al momento.


Solo le quedaba un mes trabajando como modelo, por lo que consideró que no tenía sentido contarles de su embarazo. La razón real era que todavía no podía creérselo ella misma, mucho menos empezar a decirlo en voz alta.


Sabía que tarde o temprano iba a tener que hacerlo. Tenía un contrato con ellos.


Pero no ahora.


Ese día su jefe no estaba, y habían hecho fotos en una locación al aire libre, así que tampoco había tenido que lidiar
con la culpa que le generaba no decirle.


No había vuelto a sentir nauseas, cosa que agradecía, y acompañada de su nuevo amigo, Mateo, pidió un turno en el
obstetra y otro para la ecografía que le había quedado pendiente.


El corazón se le estrujó al darse cuenta de que iba a tener que ir sola.


Como todo de ahora en más. Se iba a tener que acostumbrar.


Su amigo, se había ofrecido a llevarla, pero ella se había negado. El no era el que tenía que estar ahí. Era Pedro. 


Todo se había puesto tan raro de un día para el otro. Le habían dado los dos turnos para el día siguiente.


Suspiró.


Necesitaban asistentes en la producción, así que ella no dudó en llamar a su amiga Anabela para que ayudara aunque sea en sostener los elementos de trabajo. Sabía que ella estaría dispuesta a hacer cualquier cosa que le pidieran, que le permitiera estar ahí.


Además, sospechaba que tratándose de una sesión de fotos con Mateo en ropa interior, era más que motivo suficiente para que estuviera en 15 minutos lista.


Y así fue.


—Muchas gracias por venir, Ana. – le dijo apenas la vio llegar.


—Gracias a vos, Pau. – le dijo mientras disimuladamente buscaba con la mirada a su compañero.


El llegó por atrás de donde estaban paradas, sorprendiéndola tanto que había pegado un pequeño salto y se había puesta roja como un tomate.


—Hola. Anabela, no? – la saludó con un beso en la mejilla.


Ella asintió, tan tímida como siempre. Por Dios, Ana, pensó. 


Se le notaba tanto que le gustaba. Sintió un poco de pena por su amiga.


Estaba impresionada por lo que veía, pero si llegara a conocerlo… Eran tan diferentes. Con el tiempo que habían
pasado juntos, y con el vínculo que se había formado entre ellos por sus confesiones, había crecido algo parecido a la amistad. Y como su amiga, sabía que Mateo era superficial, y antipático cuando quería serlo. Anabela era un polo opuesto.


Justo interrumpiendo sus pensamientos, una de las maquilladoras se acercó a hablarle a su compañero.


—Uh flaca, que tarde que llegaste. Hace media hora que estamos, yo ya tendría que estar maquillado. – la miró
de arriba abajo. —Y no me dejes anaranjado como la ultima vez, si?


La chica estaba pálida. La acababa de regañar en frente de todo el mundo y había sido humillante.


Paula se mordió el labio y lo miró de mala manera. Se había desubicado.


Esa chica estaba trabajando como todos, por igual. El no estaba a cargo. Era un idiota a veces.


Miró ahora a su amiga, y esta tenía la boca abierta de par en par. Se había quedado impactada por lo que acababa de presenciar. No hace falta decir que desde ese momento en adelante, dejó de mirarlo con ojitos brillantes. Más bien lo hacía con cierto recelo. El se había acercado algunas veces cuando estaba con Paula, haciendo algún chiste, pero Ana no se reía.


Antes de irse, la frenó en la puerta y le comentó.


—Que estúpido tu compañero. – lucía enojada. —Estaba comiéndome una medialuna y me dijo que estaban llenas de calorías y que el azúcar era veneno. Me dijo gorda el pelotudo este!


Paula estalló en carcajadas. Sonaba exactamente como algo que él diría.


Y así de fácil, el encanto se había roto, y ya no le gustaba más.


Había sido otro día agotador, y todavía les quedaba todo el viaje hasta la casa de Mateo. Bostezó. Estaba tan cansada por estos días…


Su amigo se reunió con ella en la salida, y tras saludar a Ana con una sonrisa que no fue correspondida, se fueron.