jueves, 17 de diciembre de 2015

CAPITULO 96




Cuando estacionó el auto se dio con la sorpresa de que su madre no había planeado una cena íntima para ellos como había dicho. Esto era una fiesta con todas las letras. Una vez más, se sintió con ganas de romper algo. Paula tendría que haber sido invitada. Era su prometida!


Cerró la puerta de un golpe y resignado entró. Ya estaba ahí. Por lo menos le sacaría provecho a la velada.


Arreglaría las cosas con su madre, para que pudiera volver tranquila a Londres, y así evitarse cualquier problema que
pudiera ocasionarle con Paula.


Miles de personas que él había conocido en sus años de modelos,estaban ahí para celebrar su cumpleaños. A la mayoría conocía de vista y realmente dudaba que estuvieran
ahí por él. Mas bien por haber sido invitados por Elizabeth y sabiendo que el evento, iba a cobrar una importancia
social que a todos les interesaba para mantener un status.


Puras estupideces a su entender.


Puso su mejor cara, y agradeció a todos los asistente.


Cuando su madre lo vio, le hizo señas para que se sentara con ella en la mesa principal. Lo saludó con un beso pequeño y al aire.


—Feliz cumpleaños, querido. – le dijo.


—Pensé que íbamos a estar solos. – le respondió alzando una ceja.


—Es el cumpleaños número 25 de mi único hijo. Cómo no iba a festejarlo dándole lo mejor? – sonrió mirando al
resto de los que se sentaban con ellos.


El se mordió la lengua para no responderle como quería, porque no era la manera de tratar con ella, si deseaba
hacer las paces. Pero la verdad que para tener lo mejor, su novia tendría que haber estado ahí sentada a su lado.


Y en su lugar, quién estaba? Por supuesto, era obvio. Lo supo incluso antes de verla. Rebeca.


Ella se desvivió en un saludo afectuoso, que salió retratado en todas las fotos. El solo le dedicó una sonrisa seca, y ninguna palabra.


Paula tendría que ver mañana estas fotos en todos los medios.


Mientras la noche avanzaba, no pudo evitar las comparaciones entre sus dos fiestas. La primera tan llena de
afecto, calidez, y genuina celebración. Y la segunda, fría, estirada y tan llena de hipocresía que lo asqueaba.


Mirando el reloj, se acercó a su madre.


—Mamá, pensé que esto iba a ser solamente una cena, y la verdad es que ya tenía planes para después. Puedo hablar un rato con vos, antes de irme?


—Cómo que te vas? – preguntó espantada. —Esta fiesta es en tu honor, no te podés ir.


—Yo no sabía que venía a una fiesta en mi honor, y ya hice
compromisos. Si me hubieras avisado… – ella lo interrumpió.


—Esta bien. Vamos a mi estudio un momento. De todas formas también tenía que darte mi regalo. – le sonrió.


Llegaron y se sentaron, mientras Elizabeth buscaba un sobre de papel crudo y se lo entregaba.


—Qué es esto?


—Como te dije, es tu regalo. – suspiró y frunció los labios de manera afectada. —Aunque un regalo de esas características, por supuesto tiene sus condiciones.


Pedro abrió el sobre, encontrándose con una llave.


—Es una propiedad en Londres. Es esa casa que siempre te gustó, desde que eras chiquito. Esa que parecía un pequeño castillo. – le dijo sonriendo.


—Una casa? – le dijo sorprendido.


—Por lo que te podrás imaginar las condiciones.


—Que me vaya a vivir a Londres.


—Si y no. Falta un pequeño detalle


Su madre se acomodó en su lugar, y respirando profundamente tal vez para encontrar las palabras correctas, o generar suspenso, tardó en empezar a hablar.


—No te cases.


No se sorprendió. Al notar el tono con el que había empezado la charla, sabía que algo así podía ser el motivo.
Puso los ojos en blanco con un resoplido, y se levantó para irse. No tenía sentido estar ahí.


Pedro, no estoy diciendo que cortes tu relación con Paula. Pueden mudarse ahí, y empezar una vida juntos. Incluso tener hijos. No me voy a oponer. A nada de eso. Van a tener mi más sincera bendición. Lo único que te pido es que no te cases. Quién necesita un papel? No es lo importante.


Al ver su rostro, y notar su desesperación todo le cerró. El era muy pequeño cuando ocurrió y casi lo había olvidado. El testamento de su abuelo.


Al ser su único nieto, le había dejado absolutamente todas sus pertenencias. Pero como era un menor se lo administró su madre hasta que cumplió 18. Con el paso del tiempo, él
se desentendió del asunto. Además porque no podía contar con la totalidad de la cifra. Solo de una mensualidad, que le daban los intereses de semejante monto.


Su querido abuelo había dejado una cláusula para poder quedarse con todo. Debía estar casado. Solo así, podría obtenerlo.


—Esto es por la herencia del abuelo Pedro. No? – le preguntó Pedrorefiriéndose al padre de su madre que
llevaba su mismo nombre.


Ella no respondió. Estaba clarísimo que era por eso.


—Y qué pensas? Que cuando tenga la herencia te voy a echar de tu casa, que en realidad era de él? O que te voy a
dejar en la calle?


—No pensaría eso de vos. Pero a Paula no la conozco. Y Pedroestamos hablando de una suma de dinero que esa chica ni siquiera podría imaginar, ni en sus mejores sueños.


—Paula no es así. – dijo enojado.


Pedro, es lo único que te pido. Soy tu madre. Si es que me querés, aunque sea un poco…


Estaba dando golpes bajos.


Molesto, se levantó.


—Y pensaste que me ibas a poder hacer elegir entre una casa en Londres, y Paula? – negó con la cabeza.


—Entre ella y yo. – dijo firmemente.


—Quedate con la casa, quedate con la herencia, con el dinero del abuelo Pedro, con tu dinero. Quedate con todo
mamá. No me interesa. – se dirigió a la puerta y antes de salir, le dijo — Nosotros dos, no tenemos más nada que hablar.


Salió echando chispas. La gente que aun estaba en el salón se había quedado boquiabierta, porque en el camino había empujado a varios que estaban en su camino de muy mala
manera.


Cuando llegó al auto soltó todas las maldiciones que se había estado guardado.


El pensaba en arreglar todo con su madre, porque la amaba, y no quería que sufriera. Incluso la había entendido con
respecto a su actitud con Paula. Porque ella se había justificado con esa basura de que era su único hijo, y estaba
asustada. Cosa que ahora sabía eran puras mentiras. 


Siempre la había movido el dinero.


Por eso tanta desconfianza con su novia desde un principio. 


Había estado todo este tiempo temiendo por su asqueroso dinero.


El no le importaba.


No era la primera vez que se llevaba esta impresión.


A los 16, había pasado por algo que lo había dejado marcado.


Literalmente. El tenía ganas de ir al colegio como todos los demás jóvenes de su edad y ella se lo había negado.


Había una producción muy importante, en la cual iban a pagarle mucho dinero.


Esa misma, con la que se hizo tan famoso.


Pero a él no le interesaba. El quería tener las experiencias que los demás chicos tenían y ella se lo negó.


Recordó como un día al volver de una de las pruebas de vestuario, se había tomado todo el mini-bar de su
habitación del hotel y acompañado de Rebeca, su compañera en todas esas locuras, se habían ido de fiesta. 


Tal era el estado que tenían, que cuando despertaron al otro día, ella tenía el pelo de color turquesa y él un tatuaje de
estrella en el cuello.


Sonrió. No habían podido parar de reírse, aun cuando todo el mundo los regañaba. La gente de la agencia estaba furiosa, y su madre ni hablar.


Pensó que le había fastidiado el mejor contrato que habían podido conseguir. Pero no.


La gente de la marca amó su tatuaje. Decidieron agregárselo
digitalmente a las fotos que ya tenían de él.


Después de eso, estaba otra vez subido a un avión, y no había tenido tiempo si quiera para enojarse con su madre por ser como era. Como a cualquier adolescente le hubiera gustado hacer. Azotando la puerta y todo eso.


Y ahora se le antojaba directamente tirar abajo todas las
puertas de una patada.


Respiró.


No volvería a caer en el juego de Elizabeth, ni a dejarse manipular.


Volvió a donde debía estar en ese momento. De donde no se tendría que haber ido.


A su casa, con Paula.



****


Lo escuchaba, pero no podía creerlo. Cómo una madre podía ser capaz de ser así de interesada? Es que no le importaban para nada los sentimientos de su hijo?


Tenía ganas de agarrar a su suegra por las mechas. Pero no hizo comentarios de eso. No ayudaría en lo más mínimo. 


Estuvo ahí para apoyar a Pedro. Prestándole un oído y
brindándole las palabras y el cariño que pensaba que necesitaba.


Esa noche se fueron a dormir bastante tarde. Pedro estaba enojado, y no paraba de darle vueltas al asunto.








miércoles, 16 de diciembre de 2015

CAPITULO 95





Se había pasado todo el día de su cumpleaños rodeada de amigos y familia. No podía pedir nada más. Pedro lo había organizado todo para que pudieran estar todos presentes. Si bien habían acordado no festejar, se había salido con la suya y le había planeado una fiesta íntima en uno de los
restaurantes de moda.


Tuvo que aceptar también a regañadientes que la llenara de regalos.


Empezando por un hermoso reloj de oro blanco, que iba perfecto con el anillo de compromiso, y pasando por una cámara analógica, que sin querer le había comentado, hacía años que quería. Era un capricho con todas las letras, porque ni siquiera tenía tiempo ya de sacar fotos por placer. 


Pero él se lo había concedido.


Su familia le había regalado un maletín de cuero con sus iniciales grabadas para trasladar su material de trabajo, sus amigos unos discos de vinilo como a ella tanto le gustaban, y su suegro, en complicidad con su novio, un lente carísimo para fotos especiales con varios modos de enfoque y estabilizador de imagen en 4 pasos.


No se podía quejar. No se acordaba si alguna vez le habían hecho tantos regalos, o tanta gente se había acordado de ella para la fecha. Hasta Amanda, le había enviado una tarjeta de felicitación acompañada por un bolso de la última colección de Jackie Smith. Una preciosidad en cuero ecológico de colores vibrantes que iba perfecto con su personalidad.


Era tiempo que ya dejara de usar mochila de todas formas.


Solamente había un detalle que había faltado. Marcos. 


Estaban todavía algo disgustados, y aunque no la llamó,
si le mandó un ramo de flores con una tarjeta bastante impersonal y un libro de ilustración y fotografía del que habían hablado una vez.


Era hermoso, así que se dijo que el asunto no iba a arruinar su humor. Le agradeció en el momento por mensaje de
texto, y se olvidó del tema.


Ella tenía que hablar con él en algún momento, pero tampoco iba a ceder tan fácil. Había estado mal en no
contarle de la boda, pero él también había estado pésimo en tratarla así.


No le hacía bien pensar en su amigo, por lo que archivó el tema para después. De todas formas tenía mil temas que ocupaban su cabeza.


Los días habían pasado, y pidiendo ayuda de sus amigos, había podido llevar el regalo para Pedro al departamento sin que se diera cuenta.


Últimamente estaban tan ocupados, que ni siquiera había sospechado el por qué de que su estudio estuviera cerrado todo el tiempo.


Miró el reloj. Solo quedaban dos minutos para las 12 de la noche. Quería ser la primera en saludarlo.


Estaba hablando por teléfono cuando la vio entrar.


Paula había preparado una pequeña torta y le había puesto una velita, y al verlo ocupado le hizo señas para que cortara. 


El se rió, pero le hizo caso casi inmediatamente.


—Feliz cumpleaños, Ken. – le dijo besándolo despacio en los labios.


—Gracias Barbie. – le devolvió el beso.


—Tenés que pedir tres deseos.



****


Bastaba con verla ahí, a su lado, para saber que no necesitaba pedir nada más. Le sonrió y de todas formas, le dio con le gusto y sopló la pequeña velita.


La torta estaba riquísima. Tenía chocolate y frutillas con cremas. Una combinación que a su gusto, nunca fallaba. Y ella lo sabía.


En eso eran muy parecidos. Podían tener diferencias a la hora de escuchar música, o los libros que leían, o las
películas que les gustaba ver. Pero en la cocina, compartían casi todos los gustos.


Le resultó facilísimo a la hora de ponerse de acuerdo con Gerard para armar un menú, decidir el catering del día de la boda con la organizadora.


Los dos preferían las cosas saladas, pero el chocolate y las frutillas con crema, era algo a lo que no se podían resistir.


Se acercó y le besó la comisura de la boca, en donde había quedado algo de crema. Muy suavemente, pasó la lengua
y saboreó sus labios mientras la besaba.


Ella sonrió y lo sujetó por el cuello.


Si, había más cosas que tenían en común.


Podía decir que había estado con numerosas mujeres, todas muy distintas, y siempre muy atractivas. Pero con ninguna había sido tan compatible como con ella en esos aspectos.


Solo mirarse, o un simple roce, para que los dos entendieran el humor del otro y se dejaran llevar. No costaba nada.


Todo, hasta su forma de besar, le parecía estar hecha a medida para él.


Sus cuerpos encajaban perfectamente y se complementaban de manera natural.


Estaba todo el día pensando en ella, y en esos momentos que tenían de intimidad. Se sorprendió al darse cuenta
que desde el principio había pensando que nunca tendría suficiente, y eso no había cambiado en lo más mínimo.


Cualquiera hubiera dicho que pasados los meses, ese sentimiento empezaría a decaer. Como era muy normal que
sucediera con todas las parejas que empiezan a conocerse.


Pero no. El la seguía deseando como aquella vez en la fiesta, en que se la llevó a la habitación de Chelo, su
amigo productor.


Sería siempre así?


Y cuando estuvieran casados?


Tanta aversión había tenido toda su vida a la palabra compromiso, y ahora estaba a mes y medio de ser un hombre casado. El esposo de alguien.


Y lo más asombroso es que no podía esperar a que ese momento llegara por fin.


Dejo el plato de la torta de lado y la sujetó por la cintura. Ella sonreía y empezaba a tirar de su remera para sacársela.


Sin perder más tiempo, la rodeó con los brazos y la llevó a la habitación.



****


Esa mañana se levantaron temprano. Había invitado gente para hacer un almuerzo informal en la terraza.


No era lo que podía decirse una fiesta, pero algo era.


Gerard había contratado dos ayudantes para que le dieran una mano en la cocina, y tuvieran todo listo.


Era el momento de que ella le diera su regalo.


Repitiendo lo que había hecho él, tiempo antes cuando remodeló una habitación de huéspedes para ella, lo llevó con los ojos tapados hasta su estudio.


Una vez que estuvieron adentro, ella se los destapó y esperó a ver su reacción.


Se había gastado hasta el último centavo de su trabajo para Harper’s y no se arrepentía. Había valido la pena por
ver sus ojos cuando reconocieron el precioso piano de cola que ahora ocupaba casi todo el estudio.


Era imponente, de un color negro lustroso, y finos detalles que lo hacían lujoso y elegante aunque clásico y sobrio.


No sabía absolutamente nada de instrumentos musicales, así que había tenido que recurrir a la ayuda de algunos
de sus compañeros de facultad.


Aparentemente, al ver la sonrisa de Pedro, mientras pasaba la mano por las teclas, no se había equivocado.


—Paula… es… – la miró.


Estaba sin palabras. Era una novedad. Cuántas veces la había dejado así a ella? Miles. Era agradable por primera vez, estar del otro lado. Ahora entendía por qué a Pedro le gustaba tanto hacer regalos.


Sus ojos brillaban con emoción, eran como una descarga de calidez en su corazón. Se podía acostumbrar a esa
sensación. Incluso volverse adicta.


—Y? Te gusta? – le preguntó ansiosa.


El, todavía sin responderle, se sentó y empezó a rozar las teclas en una melodía lenta, aunque sus dedos se movían rápidamente en complejas notas y combinaciones que la hacían suspirar.


Se le hacía familiar, pero solo fue hasta que lo escuchó cantar que supo de que canción se trataba. Let her go, de
Passenger. Era la versión más bonita que había escuchado, hacía que sus ojos picaran. Su voz, masculina y profunda,
le daba descargas de calor en todo el cuerpo. Era la primera vez que lo escuchaba en vivo, y no podía compararse con nada.


Sus manos seguras, acariciando el teclado del piano eran lo más hermoso que había visto. Se sintió afortunada.


Esas mismas manos la acariciaban también a ella. Con la misma dedicación, con la misma pasión.


Verlo totalmente compenetrado en lo que cantaba, cerrando los ojos, haciendo la cabeza hacia atrás, la estaba volviendo loca. Sus manos ardían por tocarlo.


En ese momento él abrió los ojos y la miró. Ella no pudo evitarlo y se mordió el labio.


Se acercó y se sentó a su lado mientras seguía tocando.


Cuando terminó la canción se quedaron mirándose en silencio.


Algún día se acostumbraría a lo bellísimo que era? A lo atraída que se sentía cuando lo tenía en frente? A la
mirada en sus ojos, reflejando exactamente todo lo que ella pensaba y sentía? A que la mirara como si fuera la mujer más linda?


Casi como respondiendo a todas esas preguntas, la tomó con ambas manos por el rostro y se abandonaron en
un beso largo y casi desesperado que los dejó sin aliento.


Ella gimió suavemente mientras se abrazaba más, pasando los dedos entre su cabello. El sonrió y le mordió el labio de manera juguetona.


—Gracias, mi amor. – le dijo. — Es perfecto.


Frunció el ceño mirando la marca del piano y se separó apenas de ella para decirle.


—Paula, cuánto te costó este regalo? – la miró serio.


—Nunca vas a saber. – dijo ella sonriendo y repitiendo lo que una vez él había dicho al regalarle un vestido de
diseñador.


El sonrió pero negó con la cabeza haciendo un gesto desaprobatorio.


—Estas loca.


Ella se rió con ganas, contagiándolo.


—Evidentemente. – le dijo mostrándole el dedo del anillo.


Pedro hizo como si se ofendiera, y mientras ella empezar a reír de nuevo, la alzó por las piernas y se la llevó de
nuevo a la habitación.


El almuerzo se había prolongado hasta la tarde. Habían ido amigos de la productora, de la agencia, su padre, Cat,
Flor acompañada por Nico, y los padres de Paula.


La habían pasado a lo grande, entre risas, cariño y buena comida.


Su familia le había regalado una consola con varios videojuegos, que sabían que le iba a encantar porque
ahora cada vez que iba a Córdoba, se pasaba horas jugándolos con Nico. Y no se equivocaron.


Francisco le había regalado un viaje a Paris para dos personas. Cosa que ya habían destinado para su primera y más corta luna de miel.


Cat le había regalado unos gemelos de oro elegantes y lujosos. Cada uno con una inicial grabada. P y P. Por Pedro y Paula, explicó. Era un regalo para el día de la boda.


Paula se había llevado una mano al corazón, acompañado por un “ohh” de ella y de todos los invitados a coro que
encontraron el gesto romántico y dulce.


El, para molestar a su amiga había exagerado una cara de ternura y la había abrazado, haciendo que ella pusiera los
ojos en blanco con fastidio.


—Bueno, basta. Si hubiera sabido te regalo un par de medias, modelito. – dijo incómoda.


Todos se rieron.


Nadie se quería ir de la improvisada fiesta, lo que vieron como una buena señal de que la boda iba a tener el mismo éxito, pero tenía que asistir a su siguiente festejo.



****


No tenía sentido quejarse, ni patalear a estas alturas. 


Aunque no tuviera ganas de separarse de su novia y
de la reunión que le había organizado, ya había quedado con su madre. No le quedaba más remedio que afrontarlo y
que se acabara pronto.


Abrazó a Paula por la cintura y se despidió con un largo beso, prometiéndole no tardar.