Una vez en el auto, ninguno de los dos hablaba. Cada uno estaba inmerso en sus propios pensamientos.
No podía creer que una persona como esa, estuviera casada alguna vez con Francisco, el padre de Pedro. Ella lo había conocido algunos meses antes, y era un hombre cálido, simpático cariñoso. En un principio, había tenido un concepto errado de él. Porque no apoyaba la carrera de su hijo, pero después supo darse cuenta de que era solo porque no quería que estuviera lejos.
Su madre era otra cosa.
Suspiró. Ya se habían ido, no tenía sentido seguir dándole vueltas al asunto.
Pedro no era como ella, no pensaba así.
—Nunca deberíamos haber venido. – le dijo mientras manejaba.
Ella se mordió el labio y después dijo. —Pedro, no hace falta que te pelees así con tu mamá por mí. – dijo sin poder
contenerse.
—Escuchaste lo que hablábamos? – dijo él golpeando el volante.
—Si, escuché, sin querer. Perdón.
—No. Soy yo quien tiene que pedir perdón. No hagas caso a nada de lo que dijo. No era su intención. Solamente quería, …protegerme. O por lo menos, ella piensa que es eso lo que está haciendo. Pero no pienses ni por un segundo que yo voy a dejarme llevar por… – y ella lo interrumpió.
—Ken, no tenés que decirme nada. Yo sé. – le puso una mano en el hombro, cariñosamente.
El apoyó la cabeza en su mano, y le dio un beso.
No siguieron hablando del tema.
Cuando llegaron a casa de Pedro, se fueron directo a la cama. Después de lo que había sucedido, lo único que
querían era reconfortarse en los brazos del otro.
Cuando estaban juntos, todos los problemas desaparecían, era su manera de borrarlos, y todo parecía tener solución.
Ella recordó que el vestido era carísimo, así que tuvo especial cuidado en quitárselo en el cambiador, y dejarlo
colgado en una percha, para que permaneciera liso, sin arrugas.
Cuando salió los ojos de Pedro se abrieron como platos. La ropa interior nueva, pensó y sonrió pícara.
Dio una vueltita antes de acercarse a él, para que pudiera apreciarla desde todos los ángulos a cierta distancia. Se
sentía especialmente confiada, porque sabía que le quedaba muy bien, y resaltaba sus curvas y formas naturales.
De alguna manera, realzaban sus atributos más bonitos.
****
La miró, tratando de tomar una fotografía mental de su cuerpo. Estaba perfecta.
Antes de volver a Argentina iba a asegurarse de volver a La Perla y comprar suficiente ropa interior para que ella pudiera lucir uno de estos conjuntos cada noche.
Sus piernas, se veían largas y torneadas gracias a la forma de la lencería , y su color. Era casi transparente, y estaba empezando a faltarle el aire.
El bustier sujetaba sus pechos, y los formaba de manera que su escote se acentuaba y hacía que su cintura luciera
pequeña. Toda su piel brillaba con el color de las prendas. El contraste del encaje, con las cintas de seda, era tan delicado, y a la vez, tan sensual. Era mil veces mejor a lo que se había imaginado en la tienda.
Y se había pasado un buen rato recreando la imaginación.
La miró sonriente y se le abalanzó.
Tomándola por la cadera, la tiró en la cama y encima de ella, comenzó a besarla.
Ella se reía por la desesperación con la que la había agarrado, y él no podía más que contagiarse de esa
hermosa risa.
Pasó sus manos por todo su cuerpo, deteniéndose especialmente en su entrepierna.
Sintiéndola a través de esa tela.
Ella estaba sonrojada y se mordía los labios. De a poco fue abriendo las piernas más, dándole espacio hasta que
estuvieron muy cerca.
Pedro se desvestía, mientras no dejaba de besarla, ella se movía volviéndolo loco.
Agarró su ropa interior por el elástico y se lo bajó hasta que estuvo desnuda de la cintura para abajo.
Ella se arqueaba, ansiosa, mientras él se tomaba su tiempo provocándola con sus manos.
La tomó por la cadera, y la puso por encima de él de un solo movimiento.
Estaba perdido, en esos ojos azules claros, en su cabello rubio cayéndole sobre los hombros.
Acarició su mejilla suavemente.
Paula lo miraba fijo mientras moviendo la cadera lo tomaba, muy despacio.
—Te amo, Barbie – le dijo suspirando, dejándose llevar por la sensación de estar dentro de ella.
—Te amo. – le dijo ella, antes de empezar a moverse.
Tiró la cabeza para atrás gruñendo mientras ella tomaba el control, dejándolo sin aliento.
Su mirada le transmitía todo lo que quería ver. Solo mirándola, podía darse cuando empezaba a acelerarse, a
acercarse al límite. No tenía que pensarlo, no tenía que decirlo, sus ojos le decían cuando.
La tomó por las caderas y se acopló a sus arremetidas, con fuerza, más rápido.
Ella hizo lo mismo, y estaban perdidos.
El mundo desaparecía, y solo estaban ellos, conectados, unidos, apurando ese último momento que los dejó desmoronados a los dos.
Respirando trabajosamente, y con la sensación de que el mundo acababa de estallar.
La acercó hacia su pecho, mientras seguía acariciándola.
Ella tomando su mano, entrelazó los dedos.
Ese simple gesto, pensó, le decía tanto. Le transmitía tanto amor, que no necesitaba que hiciera ni dijera nada. El
apretó más su mano y se la llevó a los labios para darle un beso.
No sabía si era por la discusión que había tenido más temprano con su madre, o por que, pero necesitaba sentir
que estaban bien. Que estaban juntos, y ahora, después de todo lo que habían pasado, nadie los podía separar. No iba
a permitirlo.
****
Paula estaba recostada sobre el pecho de él, mientras la seguía acariciando. Todo parecía tan simple, tan fácil desde esta perspectiva. No había problemas, no había celos, no había diferencias. Eran ellos dos. Pedro y Paula.
Le tocó la espalda, y con cuidado, le desprendió el bustier.
Volvió a abrazarla y gruñó.
Sentir su piel en contacto con la suya, caliente, suave, maravillosa.
No pasó mucho tiempo y ya estaban donde habían comenzado. El le tocaba y besaba la zona recién liberada, y la hacía retorcerse de placer.
No tenía idea de que hora era cuando se habían dormido, finalmente.
El sol empezaba a brillar, y entre las cortinas, los rayos calentaban apenas su piel. Sonrió. Se abrazó a Jamie y cerró los ojos.
Los dos se volvieron, a donde una señora de aspecto impecable los miraba haciendo señas con la mano saludando.
Era rubia, alta, elegante y de una belleza arrebatadora. No solo era hermosa para su edad. Era hermosa y punto. Los hombros bien marcados, el cabello recogido con estilo, joyas, y vestido exquisitos.
La madre de Pedro. No había lugar a dudas. Tenía sus mismos ojos, su misma sonrisa, y después de ver como se
movía, vio que también sus modos ingleses.
Se acercó a ellos, caminando tranquilamente, perfectamente cómoda y moderada.
Esa era la palabra. Moderada.
Nada en ella era exagerado.
Acababa de ver a su hijo, pero no mostraba demasiada emoción. Caminaba con gracia, como si todos sus gestos
estuvieran matemáticamente calculados.
—Mamá – dijo él, asintiendo con la cabeza antes de darle un pequeño beso en la mejilla, que casi pareció haber terminado en el aire.
—Hijo, me alegro tanto de que hayas podido venir. – le dijo sonriendo, apenas.
Pedro sonrió también, y apoyó una mano en la espalda de Paula, antes de presentarla. Todo su cuerpo hormigueaba.
Estaba asustada, y en frente de esta mujer tan fina, se sentía torpe, y mal vestida. Aunque estaba con un vestido de diseñador carísimo. Era una cuestión de actitud. A quien le
sobraba, pensó, y a quien en este momento, no tenía ninguna.
—Ella es Paula, mi novia. – le dijo él, mirándola, sin prestar atención a la cara de sorpresa que había puesto su madre.
Por más moderada y recatada que fuera, no pudo evitar entrar en shock cuando escuchó esa última palabra. La
verdad, casi se había caído de culo.
No la culpaba, era casi la misma reacción que había tenido ella.
—Mucho gusto Paula. – le dijo forzando una sonrisa.
—Mucho gusto, señora. Es una fiesta preciosa – le sonrió también.
—Gracias. Pero por favor llamame Elizabeth. – dijo antes de pasar rápidamente a mirar a su hijo. –— Podemos hablar un segundo?
Pedro se apartó de Paula y caminó unos pasos para escuchar a su madre.
Ella todavía podía escucharlos.
—Pedro, no me habías dicho que tenías una novia.
—Si, te conté cuando vine hace unos meses, que había conocido a alguien. – le dijo algo incómodo.
—Ah si. Ya recuerdo. Pero pensé que eso se había terminado, cuando volví a verte hace unas semanas
parecías tan triste, tan devastado. No podía verte así. – dijo ella cerrando los ojos de forma teatral.
A Paula se le retorció el estómago.
No quería escuchar eso. No quería saber como había sufrido Pedro. Le dolía. Y más saber que era por su culpa.
No, pensó. No por su culpa. Por culpa de Rebeca, y de Coty.
—No había terminado, hubo un… malentendido. Ahora estoy bien. Estamos bien. – dijo mirando hacia donde ella estaba, supuestamente sin escucharlos.
Empezaba a ponerse algo incómoda también.
—Y me alegro de que así sea, hijo. Es la primera vez que me presentas a alguien, debe ser muy especial. – le dijo
con una sonrisa.
Lo que le decía tenía que ser un halago, pero sonaba como una advertencia, casi una amenaza. Y estaba segura, de que esa señora sabía que ella podía oírlos.
—Es muy especial. Estoy enamorado. – dijo sonriendo.
Ella sintió como sus piernas se volvían gelatina. El tenía la capacidad de hacer que hasta este, fuera uno de esos momentos perfectos, tan especiales, que hacían que su corazón amenazara con salirse del pecho.
—Oh. No sabía. Bueno, entonces te felicito. Y espero que sepas tener cuidado.Los sentimientos nublan la razón.Nos hacen vulnerables.
—Cuidado? Con qué?
Elizabeth se rió llevándose una mano a la boca, y haciendo levemente la cabeza para atrás, de manera fingida.
—De qué? Por favor hijo, no te creo tan ingenuo. Mirate. Sos el sueño de cualquier chica. Más de una que empezando a insertarse en el mundo de la moda… – dijo entre dientes.
—Qué es exactamente lo que estás insinuando? – le dijo frunciendo el ceño, enojado.
—Pedro, no levantes la voz. La gente nos mira.
—No me interesa. Qué es lo que estás queriendo decir? – le dijo acercándose más a ella con los ojos llenos de furia.
—De que cuides tu lugar, lo que has logrado, tu imagen, y sobretodo tu capital. – dijo Elizabeth mirando de arriba abajo a Paula.
Ella se había puesto roja como un tomate. No era millonaria, pero nunca había sufrido necesidades. Más que eso,
sus padres le habían dado mucho más de lo que se podría llamar lo básico y necesario. Había ido a un buen colegio,
uno privado. Nunca se imaginó que estarían juzgándola de esta manera.
Como si quisiera aprovecharse de Pedro, de su dinero. Para ella esas cuestiones no tenían un valor de peso, no
definían a la gente.
Nunca habían sido un problema. Y ahora esa mujer la miraba como si fuera inferior. No le gustaba, pero tampoco
iba a tolerar semejante pavada. Levantó la mirada, y se buscó una copa.
Ella sabía de donde venía, y tenía sus valores muy arraigados. Nada ni nadie la haría sentir mal con respecto a
eso. Imaginaba que su suegra poseía una gran fortuna monetaria, pero una pobreza de espíritu que la dejó impactada.
Comprendía que quisiera cuidar a su hijo, cuidar de que lo lastimaran, pero esto?
Pedro, se había quedado callado, frente a las palabras de su madre.
La miró fijo a los ojos, y sin agregar nada más, se fue. La dejó sola, mirándolo desconcertada.
Tomó a Paula por la cintura y la condujo a la salida.
—Nos vamos, Barbie. – le dijo al oído. Ella no dijo nada. Solo lo siguió.
Parecía muy enojado, y no quería presionarlo.
La casa estaba llena de gente, de personajes conocidos, y él era una figura pública. Los espectáculos no lo favorecerían, y ya había visto como algunos murmuraban después de ver la escenita que había protagonizado con su madre. Irse del lugar iba a ser lo más sensato.