Pedro la miró angustiado, y aceptando resignado el hecho de que no tomara su mano asintió.
—No vas a volver? – preguntó.
—Tenemos que hablar antes. – dijo queriendo sonar segura, aunque teniéndolo tan cerca, se le hacía difícil.
—Paula, perdoname. Por favor. No quise decir nada, – cerró los ojos, arrepentido. —nada de lo que dije… Estaba con la cabeza en otro lado. Fui muy egoísta, no me frené a pensar lo que estabas sintiendo vos, y estuve mal.
Se acercó más a ella y con una mano en su corazón siguió hablando.
—Sos lo más importante para mí. – sus ojos llenos de dolor, y miedo.
—No sé que pensar, Pedro. Vos también sos lo más importante para mí. Es por eso que lo que tengo que decirte,
me resulta tan… difícil – frenó para tomar aire. Había empezado a llorar otra vez. —Voy a tener el bebé.
El tiempo se detuvo mientras esperaba su respuesta y evaluaba su reacción. El asintió.
—Siempre supe eso.
Ella abrió los ojos sorprendida. De verdad? Porque para ella no había sido tan obvio desde el primer momento. Por lo menos no de una manera consiente.
Arriesgándose, preguntó.
—Y eso que quiere decir… para nosotros?
—No entiendo. – dijo él frunciendo el ceño.
—Significa que nos vamos a separar? – preguntó llorando.
—Vos ya no querés estar conmigo? – dijo con la voz ronca.
Su corazón amenazaba con romperle el pecho. Qué? Cómo ella no iba a querer estar con él? Era el amor de su vida. Al ver que ella no contestaba, él siguió hablando.
—No me digas que no querés estar conmigo, Pau – sus ojos la miraban desesperados. —No me digas que no me
querés más. – suplicó.
—Qué? – estaba confundida.
—Me siento muy mal por todo lo que te dije, y te pido disculpas. Sé que tendría que haber estado acá porque te
sentías mal, y estaba lejos ocupado con el trabajo. Pero lo dejo todo. Todo, Pau. Por vos lo dejo todo. – volvió a insistir acercando su mano, y esta vez ella se la tomó, aun confundida. Pero de qué estaba hablando?
—Por qué no te voy a querer más, Pedro? – respiró profundo y se secó los ojos con su mano libre. —Por qué decís
eso?
—Por lo que dije… porque no estuve con vos… porque soy una bestia.
Ella frunció el ceño.
—Si nos separamos va a ser porque yo si quiero seguir adelante con el embarazo y vos no. – dijo segura. Esto lo había pensado mucho. —Y lo respeto, no es el mejor momento para ninguno. Pero…
El la interrumpió.
—No es el mejor momento, pero es lo que nos está pasando ahora. – su mirada se suavizó. —Empezamos muy rápido, nos mudamos juntos muy rápido, nos casamos muy rápido y ahora vamos a tener un bebé muy rápido también… tiene sentido. – sonrió.
Ella sonrió también.
—Tengo miedo. – le confesó apretando su mano.
—Yo también. – acarició su mejilla.
Lo abrazó con todas sus fuerzas y se dio cuenta de que ese miedo, no era tan terrible si él estaba con ella.
—Vamos a casa, Barbie. – le dijo al oído.
Ella asintió.
Había sido un día alocado, y necesitaba descansar. Para no preocupar a su amigo, rápidamente le dejó una nota
en la mesa.
“Volví a mi casa. Mañana
charlamos.”
Y la tentación fue demasiado, así que mientras juntaba las cosas para irse, abrió la caja y se llevó una porción para
el camino.
Pedro la miró levantando una ceja.
—Te va a hacer mal, está fría. – dijo arrugando la nariz.
—Es más rica así. – respondió sonriéndole con ganas.
El le devolvió la sonrisa, y negando con la cabeza agarró su bolso para llevarlo hasta el auto.
Cuando llegaron era tarde, y ella no podía mantener los ojos abiertos.
Nunca en su vida había estado tan cansada. Todo el cuerpo le pesaba. No sabía mucho del tema, pero se lo atribuyó al embarazo. Estaba empezando a afectarla notoriamente en cuanto a síntomas.
Se tocó la panza distraída.
Al menos todavía no se le notaba a simple vista. Cómo iba a decirlo en la agencia? Oh por Dios,…a su familia…Pedro la miró preocupado.
—Te duele algo?
Ella sacudió la cabeza, despertando.
—Ehm?... no. No me duele nada. – lo miró insegura. —Mañana es la primera ecografía. – esperó su reacción.
—Me pedí el día libre en la agencia.
El asintió. Así iban a ser los 9 meses? Parecía un robot.
Bueno, la verdad es que lo prefería así y no como se había puesto por teléfono. No iba a presionarlo.
Frunciendo el ceño terminó de cambiarse y se acostó.
El la siguió unos segundos después, abrazándola por la espalda.
Sus párpados pesaban toneladas, así que no tardó en quedarse totalmente dormida.
****
Estaba recostado al lado de Paula sin poder dormirse. Había pasado por tanto en esos últimos días, que se sentía en una montaña rusa. Giró a su otro lado y vió el despertador. Era tarde. Solo le quedaban un par de horas.
Ese ruido era el reloj o su corazón?
Oh Dios. Se estaba volviendo loco.
Suspiró. Por qué le hacía tanto calor? Se estaba sofocando.
No podía respirar.
Rápidamente se incorporó y casi tambaleándose salió al balcón. El viento frío lo hizo inhalar con fuerza. Tenía que
calmarse. Todo era producto del miedo que tenía.
Y cómo no iba a tener miedo?
Hace un año se la pasaba de fiesta en fiesta… sin responsabilidades… y ahora tenía que hacerse cargo de 50 familias que quedarían en la calle si no solucionaba el lío que había provocado por desafiar a su madre. Y como si eso
fuera poco, ahora tenía que hacerse cargo también de su familia. Una que estaba empezando a formar.
Un hijo.
Volvió a la habitación y miró a su esposa dormir. Respiraba tranquila, con una expresión pacífica. Acarició su mejilla.
Qué bonita es… pensó. Su cabello descansaba en la almohada y olía maravillosamente.
Cómo hacía para estar tan calmada?
Acercándose muy despacio, le besó los labios y ella sonrió.
Le devolvió la sonrisa como si pudiera verlo.
En qué estaría pensando? En qué soñaría?
Rozó su brazo, suavemente, y ella reaccionó destapándose.
Su remera se levantaba apenas y dejaba a la vista su
ombligo.
Casi sin pensarlo, colocó su mano ahí.
Su panza seguía tan chata como siempre. Cómo era posible? La acarició con los nudillos, preguntándose como se vería cuando empezara a notársele el embarazo. Hermosa. Siempre estaba hermosa. No tenía dudas de eso.
Miró sus dedos, ahí, tan cerca de su vientre. Ahí estaba su bebé. Tan pequeñito, pensó. Cómo iba a ser capaz de cuidar a alguien así de chiquito?
Sin sacar la mano, subió en la cama, y con cuidado se acostó a espaldas de su esposa. Volvió a taparla con cariño y le besó el cuello.
Distraídamente, había empezado a hacer dibujitos circulares alrededor de su barriga.
Cómo se sentiría una patada del bebé en la panza? Sería doloroso para Pau? Y el parto?
Tenía la cabeza tan llena de preguntas que al no poder responderlas, lentamente iba cayendo en un suave letargo.
No fue consiente cuando ni como, pero se terminó durmiendo. Sólo para seguir soñando con esas mismas dudas.
****
Paula se despertó sobresaltada por la sensación de acidez que sentía. Le quemaba el pecho. Que horrible. Se removió incómoda.
Pedro a su espalda, roncaba tranquilo. Una mano apretada bajo su cabeza y la otra descansando casualmente sobre su panza, por debajo de la remera. Sonrió.
Sin despertarlo le dio un beso, que tuvo que interrumpir cuando una puntada en la boca del estómago la hizo correr al baño.
Había salido tan bruscamente que su esposo se había despertado, y alarmado le golpeaba la puerta.
—Paula? Estás bien? – sonaba preocupado.
—Hmmm… si. – dijo ella cuando pudo hablar. —Es así todas las mañanas últimamente.
—Hoy le podríamos preguntar al médico si te puede dar algo para que dejes de vomitar.
Ella no contestó. Se sentía horrible.
Pero, como todo malestar matutino, así como venía, se iba sin dejar rastros.
Al rato estaba totalmente repuesta y para sorpresa de su marido, con hambre.
—Perdón, mi amor. – le había dicho mirándola angustiado.
—Por? – dijo frunciendo el ceño.
—Es mi culpa que te sientas mal. – dijo levantando los hombros.
Ella sonrió.
—No. Es culpa de las hormonas. Soy muy susceptible cuando se trata de mi estomago. Acordate del barco.
El sonrió apenas y la abrazó.
—Por culpa de las hormonas me estoy durmiendo a cada rato, y estoy siempre cansada…y estoy sensible y llorona – lo abrazó por la cintura. — Pero no todos son efectos negativos. – lo miró de manera sugerente mordiéndose el labio.
—Ah no? – preguntó divertido, levantando una ceja. —Qué otros efectos tienen esas hormonas?
Lo interrumpió acercando su cara y besándolo apasionadamente.
Suspirando, tomando su rostro con una mano, y la otra bajando por su abdomen.
Provocándolo. Tentándolo con su toque.
Y como podía notar, había tenido un efecto casi inmediato en él.
—Mmm…Paula, esperá. – le dijo separándose apenas.
—Qué? Por qué? – dijo sin entender.
—Porque no quiero lastimarte, ni lastimar al bebé. – dijo serio. Sus ojos muy abiertos. Llenos de qué? Miedo?
—Y cómo vas a lastimarme a mí o al bebé? El sexo no está contraindicado en el embarazo. De hecho es algo sano… – tiró de la pretina de sus pantalones para acercarlo.
El dudó por un instante, entornando los ojos, pero volvió a alejarse.
—Primero vayamos al médico, y nos quedamos tranquilos de que va a estar todo bien, si?
Estaba asustado por el bienestar del bebé, y no pudo evitar enternecerse por completo. Tenía ganas de estar con él, pero verlo así… queriendo ser cuidadoso, preocupándose, la puso feliz.
A lo mejor no serían 9 meses tan terribles.
Sonrió abiertamente y asintió.
Llegaron de noche, y no tenían ganas de cocinar.
—Voy a pedir una pizza nada más que porque necesitas comer. Si no, me hacía una sopa y a dormir. Estoy reventado. – dijo bostezando.
—Graaacias. – aplaudió. Tenía hambre.
—Me debes dos ya. – se rió. —Y hoy se me estaba ocurriendo como me las puedo cobrar.
Miró a su amigo, que se reía perversamente levantando una ceja mientras se acercaba a ella.
Instintivamente abrió los ojos como platos.
Mateo empezó a reírse de manera ruidosa.
—Así no, boluda! – ella también se rio ahora.
—Qué se te ocurrió? – preguntó curiosa.
—Quiero que me presentes a tu amiga Anabela.
Eso no se lo esperaba. Frunció las cejas.
—Ya los presenté. – dijo confundida.
—Bueno, que nos veamos en otro contexto… llevala a algún evento.
—Por qué? No es el tipo de tilingas con las que te gusta… “salir”. – puso comillas con sus dedos.
E
l puso los ojos en blanco.
—Me gusta tu amiga. Sabe lo que hace… la vi haciendo unas fotos, y hablando con vos. – asintió impresionado. —Es tímida… no sé. Me llama mucho la atención. Además… –
miró para otro lado un poco avergonzado. —Es muy linda.
Le daba un poco de gracia. Desde cuando él se ponía así?
No le costaba nada encarar a la mujer que se le cruzara. Le parecía irreal toda esta situación.
—Bueno, te tengo que decir dos cosas. – se rió. —Y probablemente este rompiendo todos los códigos, pero lo
hago por su bien, y por el tuyo.
El se cruzó de brazos, listo para escuchar lo que ella estaba por decirle.
—Cuando te conoció se quedó… muy impresionada con vos. No se como no te diste cuenta como te sonreía, como se acomodaba el pelo, nerviosa. Le gustaste. – vio que su amigo le empezaba a sonreír, y lo frenó levantando una mano. —Pero…
—Pero? – preguntó ansioso.
—Pero cuando hoy te escuchó como le hablaste a la maquilladora, me parece que se le pinchó la burbuja. –
apretó los labios. —De hecho me dijo que eras un pelotudo y que le habías dicho gorda.
—Qué?! Yo no le dije eso. – replicó indignado.
Ella se encogió de hombros.
—Le dijiste que las medialunas tenían muchas calorías… cuando ella estaba comiendo. – suspiró. — Realmente no te das cuenta de la manera que decís las cosas, no? Tampoco te diste cuenta de que maltrataste a la chica que te maquillaba?
El la miraba como si le hubieran salido dos cabezas. Como si Paula, estuviera hablándole en otro idioma.
Resopló.
—Supongo que hay gente más susceptible que otra.
Ella se rió negando con la cabeza.
Su amigo no tenía remedio.
—Con más razón tenes que ayudarme. – ella le estaba por discutir, pero él la interrumpió. —Vos nomás encárgate que esté en algún evento.
Nada más.
—Ok. – cedió ella, poco convencida. —Pero no me hago
responsable de nada más.
El sonrió emocionado, de tal manera que tuvo que devolverle la sonrisa.
En ese momento sonó el portero.
—Debe ser la pizza. Yo atiendo. – dijo Vale.
Corrió hasta el telefonito.
—Si?
—Pau? – se quedó sin aire. — Abrime, tenemos que hablar.
Pedro.
—Qué haces acá? – dijo confundida. La había encontrado.
—Te estuve buscando por todas partes. Dale, bajá.
Como un torbellino, el recuerdo de la última conversación que habían tenido, revolvió todo en su ya perturbada mente.
Todos sus problemas se resumían a eso.
Esta charla que iban a tener ahora.
Esta que tenía el poder de cambiar su destino. Los ojos le picaban.
En ese breve tiempo que había pasado desde que se enteró hasta ese instante, ya había tomado una determinación. Solo de una cosa estaba segura. Iba a seguir adelante con su
embarazo.
Así tuviera que hacerlo sola.
Sabía que pasara lo que pasara, ese día la cambiaría para siempre. Y posiblemente, todo lo haría. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Estaba asustada. Aterrada. No quería perderlo. No podía vivir sin él.
Pero tampoco podía vivir sin su bebé.
Mordiéndose el labio, hizo sonar el portero para que se abriera la puerta y dejarlo entrar.
En unos pocos minutos, lo tenía tocando la puerta del departamento.
Le hizo señas a un confundido, y algo alarmado Mateo, para que los dejara solos, y él asintió con la cabeza y le apretó la rodilla para darle valor.
Abrió la puerta y se quedó mirándolo.
El estaba ahí, en frente de ella.
Luciendo terrible. Su ropa estaba arrugada, y se le ocurrió que sería la misma con la que había viajado. Su pelo
estaba revuelto, y tenía barba de por lo menos 3 días. Y su mirada estaba llena de… pánico. Estaba asustado.
—Hola. – dijo cauteloso.
—Hola. – respondió tratando de contener las lágrimas. Sin éxito por su puesto.
—No llores. – le dijo con expresión angustiada. —No llores, mi amor. – se acercó dubitativo hasta ella y tomó sus manos.
No pudo aguantarlo y se lanzó hacia él abrazándolo, para llorar en su cuello. El solo la apretó fuerte y la mantuvo ahí, cerca. De a poco, notó que le acariciaba el cabello suavemente y suspiraba
Ella se separó levemente para mirar sus ojos, pero él, queriendo estar cerca todavía, le pasó los nudillos por la mejilla y la besó.
Un beso tierno, lleno de amor, que le llegó al corazón y se lo derritió. No podía parar los sollozos. Se convulsionaba con pequeños espasmos mientras él le sujetaba el rostro con
ambas manos y le besaba cada centímetro de la cara, consolándola.
—Hola, mi amor. – le decía en susurros. —Perdoname. Por favor, perdoname por todo. – la miró con los ojos muy abiertos, llenos de miedo. — Por favor decime que me perdonas y que volvés a casa.
Ella no podía responderle, estaba demasiado abrumada por todo lo que estaba sucediendo. Había extrañado estar en sus brazos. Cómo iba a hacer si tenía que separarse de él?
Tenían tanto de que hablar.
Aunque ahora lo único que le importaba era esa sensación.
Estaba a salvo, en un instante congelado en el que solo estaban ellos, en un lugar donde solo existían sus besos, sus caricias y sus palabras de amor.
Estuvieron ahí por largo rato, y ninguno de los dos hablaba.
No querían romper ese abrazo por el que habían esperado tanto.
Su corazón se sentía más tibio que hacía unas horas. Qué significaba que él hubiera vuelto por ella? Qué pensaría de
todo lo que les estaba pasando? Se había disculpado, pero… – su mandíbula se tensó.
El debió notarlo, porque se separó de ella para mirarla.
—Paula… – dijo serio. Esa cara encendió todas las alarmas en su cabeza.
Tomó aire con violencia, preparándose, pero los interrumpió el portero.
Los dos pegaron un salto.
Ahora sí había llegado la pizza. Le hizo señas para que esperara y bajo a buscarla.
****
Mientras la estaba esperando, el modelo Mateo, salió a la sala y lo saludó sobresaltado asintiendo con la cabeza. El le devolvió el gesto.
Parecía incómodo.
Todo en su actitud lo exasperaba.
La manera en que se movía, tan altanero, tan… soberbio.
Como miraba a todo el mundo, a su esposa. – apretó los puños.
– Hasta su forma de vestir le parecía irritante. Con esos pantalones chupines ajustados, esas zapatillas gigantes y la
musculosa en cualquier época del año, mostrando constantemente sus tatuajes.
A Paula le gustaban los tatuajes… pensó en la estrella que tenía en su cuello. Si, odiaba a ese idiota. Para colmo de males había tenido que soportar a Walter, más temprano,
cuando había ido a buscarla a la agencia. Estaba tan contento con el trabajo de sus modelos, que le había
mostrado todas las fotos que habían sacado hasta ahora. Y había odiado cada segundo de esa experiencia.
Las fotos eran más jugadas de las que le había mostrado su esposa. Y disgustado, al punto de sentirse físicamente enfermo, tuvo que admitir que salían muy bien juntos. La
producción era sexy, y sin duda vendía eso. Sexo.
Parecían tan cómodos con el otro, con el cuerpo del otro… que lo volvía loco de celos.
Y se maldijo él, y maldijo el momento en que la había alentado a que modelara. Pero en qué estaba pensando?
No quería verla con otro. Ni en fotos actuadas. Menos ahora.
Cuando Paula volvió con la pizza, su compañero le dijo.
—Coman tranqui, que yo salgo ahora. Voy a comer a lo de un amigo. – habló bajo, en tono confidente con ella,
y él apenas podía escucharlo.
Quería arrancarle la cabeza de una patada.
Ella asintió, dándole las gracias y tomando aire un poco nerviosa. El le guiñó un ojo y con una mano le tocó la pierna.
La rodilla, o el muslo? No estaba seguro. Contó hasta mil,
consiente de que la vena de su frente en cualquier momento le estallaría. Estaba haciendo uso de toda su paciencia y
autocontrol.
Cuando por fin los dejó solos, se aclaró la garganta y rompió el silencio.
—Paula, vine para que hablemos. Para que vuelvas. – estiró su mano queriendo tomar la suya, pero ella dudó.
Y su rechazo se sintió como un golpe.
Y si no podía perdonarlo? Y si la perdía? Su corazón se agitó contra su pecho, y su garganta se apretó con angustia.
No, no, no.