miércoles, 9 de diciembre de 2015

CAPITULO 69






A la hora, Pedro, fue a la cocina, en donde ella estaba terminando de servir la tarta de verduras que acababa de
preparar.


La abrazó por la espalda, y apoyó el mentón en el hombro de ella.


—Mmm… eso huele muy rico. – dijo cerrando los ojos.


—Vamos a comer bien sanito, así después no me echas la culpa de que arruino tu figura.


Los dos rieron. Se dio vuelta y lo abrazó. Había querido hacer esto todo el día.


No importaba que afuera estuviera lleno de personas esperando sacarles una foto, o criticarlos, o espiar cada cosa que hicieran. Se sentía feliz y segura a su lado. Nadie podía quitarle eso.


Y así, entre besos y risas, cenaron tranquilos, por momento olvidando su situación.


Si aparecían en todos los diarios y revistas, sería un problema que enfrentarían después.


Cuando se fueron a acostar, era tarde.


Al día siguiente, Pedro, tendría que ir a reunirse con abogados, ir a la productora y arreglar todo lo que había
dejado, y hacer otros trámites que tenía pendientes. Ella, en cambio tenía que llamar por teléfono a su universidad para decir que ya estaba de regreso, y adelantar algo de trabajo desde la computadora.


Habían puesto la alarma a las 7, otro gesto tan doméstico y cotidiano, que a Paula la dejaba perpleja. Hacía bien en
acostumbrarse a esta vida?


Estaban dormidos, cuando el celular de Pedro empezó a sonar.


El miró la pantalla con un ojo, que volvió a cerrar, y atendió.


—Cat – dijo con la voz ronca.


No podía escuchar lo que ella decía, solo lo que él respondía.


—Si, estaba durmiendo. No, en Buenos Aires. Dale, mañana hablamos.


Se rió.


—Un besito, nos vemos.


Dejó el teléfono en el borde de la mesa de luz, y este se cayó haciendo un estruendo. Escuchó que él insultaba
mientras lo levantaba.


No se dio cuenta de que ella se había despertado. La abrazó para seguir durmiendo, y le dio un beso en la cabeza.


El gesto le hubiera parecido de lo más tierno, de no ser porque se la estaban comiendo los celos. Por qué lo llamaba esa mujer? Había diferencia horaria, pero de todas formas ella estaba acá, que hacía despierta para llamarlo?


Y ese tono con el que le hablaba él? De dónde venía?


Basta.


Se obligó a dejar de ser tan idiota.


No le había demostrado Pedro, que podía confiar en él? Que todo ese tema con Rebeca había sido un malentendido.


El quería estar solo con ella. Y le creía.


Pero podía confiar en la pelirroja de su socia?


Al otro día, se levantó y era bastante tarde. Entre tantas cosas que había estado maquinando, se había dormido a
cualquier hora.


El le había dejado café preparado y algunas cosas dulces para comer.


Sonrió.


Por supuesto, también le había dejado una nota.



“Estabas hermosa dormida en mi
cama, me encanta despertar con vos.
Te amo.
Tu novio. P”


Se guardó la notita y se puso a desayunar con una sonrisa que no se le borraría por más que quisiera.


Para la tarde, ya había hablado con la universidad, que le había dicho que ya que no había perdido mucho, no le
costaría reintegrarse, solo iba a estar más apretada con las fechas de entrega de los trabajos. Pero tras hablar con
Anabela se quedó más tranquila. Ella había hecho la mayor parte del las actividades en agradecimiento por invitarla como pasante en la productora.


Se quedaron mucho rato hablando de su viaje a Londres, igual que cuando llamó a Flor. Sus amigas le habían exigido detalles, y ella, entre risas no había omitido ni uno.


Como le quedaba tiempo, quiso sorprender a Pedro con la cena, otra vez.


Había pedido a uno de los empleados del edificio que hiciera
algunas compras.


Así que ahora contaba con carne de ternera que ya había adobado y asado, y salsa de champiñones, para unas
verduras que había asado también. Olía muy bien, reconoció.


Había usado vino blanco para darle más sabor a la comida, y ya que estaba abierto, también se había servido una
copa. Justo en ese momento, escuchó la puerta.


Pedro. Escuchó su voz.


—Mmm…ese olor venía de mi casa? – dijo entre risas mientras caminaba en dirección a la cocina.


—Huele riquísimo, Pedro.


Catherine. La socia de Pedro.


Seguían hablando. Ella no pudo seguir prestando atención. 


Rápida como la luz, se sacó el delantal de cocina, se soltó el
pelo, y se volvió a poner sus zapatos de tacos. Se pellizcó apenas las mejillas y puso su mejor sonrisa. En ese momento,él se asomaba por la puerta.


Le dio un beso largo en los labios y le dijo.
—Hola, mi amor. Tenemos que hablar de trabajo. Te molesta mucho que se quede? – le dijo pegado a su cara.


Ella estaba con el corazón derretido por como la había llamado. Cómo iba a tener algún problema? Negó con la
cabeza y sonrió como boba.


—Vamos, yo pongo la mesa, y sirvo los platos. Vos anda y sentate cómoda, si queres tomate otra copa.


—Seguro? – le preguntó mientras miraba como se ponía a buscar en todos los cajones los platos.


—Si, si. Vos andá. – le contestó todavía perdido en su propia cocina.


Evidentemente Gerard la había organizado.


Ella conteniendo la risa le indicó antes de salir.


—Los platos están en el mueble alto, y los cubiertos, en el primer cajón de tu derecha. Los vasos y copas en el mueble
de vidrio. – y se fue.


En la sala, Catherine se había sentado en un sillón. Se la veía tan cómoda. La certeza de que ella ya había
estado ahí, la golpeó como una cachetada. Pero de todas formas, se obligó a no poner mala cara.


—Hola Catherine. – le dijo.


—Ah... Paula, hola! – saludó sorprendida. —No sabía que estabas acá. Estoy interrumpiendo una ocasión
especial? – preguntó en voz baja.


—No. Me estoy quedando acá, y quise preparar algo rico para comer, nada más. – le dijo sonriendo.


Asintió aliviada.


—Bueno, y que tal las vacaciones? – le preguntó.


—Bien, me hacía falta. Pedro seguramente te contó.


Catherine sonrió y asintió. Le guiñó un ojo de manera cómplice.


—Me contó. Me alegro por ustedes.


Paula sonrió. Se la veía bastante sincera. Seguro la había prejuzgado.


Después de varios minutos y ruidos desde la cocina, Pedro salió con platos y fuentes a poner la mesa. 


Ella dejó escapar una risa.


Apiadándose de él, y de su voluntad por querer hacer algo, tomó lo que quedaba y lo ayudó.


El, en agradecimiento, tomó su rostro con las dos manos y la besó.


Durante la cena, habían hablado de asuntos que se relacionaban con la administración de la productora. De
números, pesos y dólares, de los que Paula no entendía ni un poco.


Resulta que Cat, había estudiado Gestión de Empresas, y esos temas se le daban a las mil maravillas. Por lo que
pudo escuchar, su modelito, también era un entendido en ese aspecto. Ella estaba callada, y algo mareada a causa del
vino. Había tomado antes de comer, y no estaba acostumbrada.


—Paula, esto está exquisito. – le había dicho la pelirroja.


—Muchas gracias, me alegro que te guste. – le dijo con una sonrisa.


Pedro la tomó de la mano, y entrelazando los dedos, le dijo.
—En serio, está riquísimo. – y le besó los dedos.


Ella le respondió con una sonrisa, mientras él la miraba a los ojos.


Pudo ver por el rabillo del ojo, que Catherine sonreía.


Después ellos habían continuado su charla de negocios. Ella aprovechó, y llevó los platos a la cocina para lavarlos.


Los dos habían insistido en ayudarle, pero ella hizo un gesto con la mano, así de paso terminaban pronto.


Estando en la cocina, se distrajo y se sirvió otra copa, mientras terminaba de guardar los platos limpios y secos.


Cuando estaba por volver a la sala, escuchó su nombre y se frenó. Estaban hablando de ella.










CAPITULO 68





Al otro día, se levantó confundida.


Sus ojos estaban hinchados, y estaba sola en la cama.


Se sentía un poco mejor que la noche anterior, ya no sentía ganas de llorar. Iba a extrañar a su amigo, pero con la luz de
un nuevo día, sus problemas no parecían tan terribles. Pedro se había quedado cuidándola, y estaba profundamente agradecida.


Tanto, que quería darle un beso en ese preciso momento. 


Pero no estaba tampoco en el baño.


Entonces escuchó la puerta de la habitación.


El entraba con una bandeja, repleta de cosas de desayuno. 


Suspiró al oler el café.— Oh, Ken. – le dijo llevándose una
mano al pecho. Era un amor. No había otra forma de decirlo.


—Buen día, hermosa. – le dijo él con una sonrisa tímida, inseguro del humor de ella esta mañana.


—Te comería a besos. – le dijo sonriendo.


—No te voy a frenar. – le dijo él acercándose.


Ella se rió y lo besó.


Desayunaron en cama, mientras se daban algún que otro beso. Era tan romántico, que le costaba entender por
que no había tenido más novias.


Cualquiera a quien le brindara estas atenciones, non tendría más remedio que enamorarse perdidamente de él.


—Te tengo que decir algo. – le dijo ella buscándole la mirada.


—Decime.


—Anoche con Marcos, fuimos a tomar unas copas, y él estaba muy emotivo por la despedida, yo también en realidad. Y…me …besó. – dijo lo último muy bajito.


Necesitaba decírselo. No quería que hubiera mentiras entre ellos, ni quería ocultarle nada.


—Qué?! – dijo él, furioso.


—Lo frené, me pidió disculpas.


—Yo sabía que iba a intentar algo. – dijo mirando para otro lado.


—No, Ken. Se dejó llevar. Pero te puedo asegurar que estaba arrepentido, y me pidió perdón después.


—Yo pensaba disculparme con él, por la trompada que le pegué ese día a la salida de la productora…


—Las trompadas. – interrumpió ella.


—Lo que sea. Pensaba hacerlo, pero ahora no. Ya estamos a mano. Si lo tuviera cerca ahora, le pegaría otras más. – estaba furioso.


—Te conté porque no quiero que haya este tipo de secretos entre nosotros, no para que te pongas así.


—Le devolviste el beso? – le contestó esta vez sin enojo, más bien tristeza.


—Qué? No! Acepté su disculpa, y no pasó nada más.


El asintió y tomó aire, tratando de volver a la normalidad. 


Estaba furioso de celos, pero se lo aguantó. Esa historia había quedado en el pasado.


Los días pasaron, y era hora de regresar. Pedro había cumplido con todas sus obligaciones laborales en Londres, y era momento de volver a casa. Aterrizaron sin problemas, aunque les llamó la atención que el aeropuerto estuviera un tanto alborotado.


Apenas salieron por el pasillo de arribos, fueron atacados por un centenar de periodistas y fotógrafos.


Ya se había olvidado lo que se sentía ser acosada por los flashes de los paparazis. Tomó aire y caminó con la mirada baja, mientras Pedro, la agarraba por los hombros y la conducía hacia delante.


Pudo escuchar perfectamente lo que decían.


—Hace cuánto que estas saliendo con Pedro? Y tu relación con García?


—Pedro, estas saliendo con la ex de Marcos García? Por qué terminó tu relación con Rebeca?


—Nunca tuve una relación con Rebeca. – aclaró él.


—Y ahora si estas en una relación? – insistió la notera.


El miró a donde estaban todos y le contestó a quienes preguntaban.


—Si. No vamos a hacer más comentarios. Gracias.


Y ayudando a Paula, se subieron en un taxi apurados, esquivando gente.


—Barbie, me parece que es mejor que por ahora te quedes en mi casa. Hay seguridad las 24 hs, no nos van a molestar.


—Seguro que no es problema? – contestó ella dudando.


—Problema? – se rió. —Por mi, te quedas a vivir conmigo para siempre. – le dijo él besando sus labios.


La había dejado sin palabras. Y no era la primera vez.


Quedarse a vivir con él? Era muy pronto. Lo era? Su historia con Pedro había ido muy rápido. Apenas hacía meses que se conocían, pero había sido todo tan intenso, que no era posible medir lo que ellos tenían, en tiempo.


La cabeza le daba vueltas.


El taxi los dejó en el edificio de Pedro. Estaba tan concurrido como el aeropuerto.


El, había llamado dos cuadras antes para avisar a la gente del lugar, para que los hicieran entrar por la cochera de abajo. Así evitarían tener que enfrentar nuevamente las fotos.


Era una locura. Ella nunca se hubiera imaginado que iban a seguir persiguiéndola, aun después de que Marcos se fuera. 


Se le había pasado por alto que su modelito, también era
famoso. Internacionalmente. Y al parecer, ahora ella también lo era.


Entraron al departamento, y se acomodaron en el sillón. 


Estaban agotados.



****


—Te voy a dejar lugar en el guardarropas, y en el gabinete del baño, Barbie. – le dijo cuando se levantó, después de darle un beso.


—Ok. Qué querés comer? – le preguntó.


El sonrió. Como no había avisado que volvía, Gerard no estaba. Y aunque el freezer estaba hasta arriba de comida
congelada, la idea de que Paula le cocinara, lo hacía sonreír. 


Se podía ver con ella ahí, pasando más tiempo. Pensó en lo que le había dicho antes en el taxi…


—Ehm…no se muy bien que comida fresca hay para cocinar. – le dijo dudando.


—Si no hay, compro. No hay problema.


—Podemos mandar a alguien, no me gustaría que salgas con toda esa gente afuera.



****


Uf. Los fotógrafos, pensó. Una tarea tan cotidiana como ir de compras, ahora quedaba prohibida. Iban a tener que pensar en alguna solución. No podían quedarse encerrados ahí para siempre.


Tenía que ir a trabajar, tenía que ir a la universidad.


El la miró, y acercándose un poco al ver que ponía cara de preocupada, le dijo. —En un rato voy a llamar a mi abogado, y vamos a arreglar esto Barbie. – y la besó.


—Es mi culpa. – dijo angustiada.


—No, no es tu culpa. Vos tenés todo el derecho de ser amiga, o de salir con quien quieras.


Paula asintió, y se fue a la cocina.


No estaba llena de productos, pero algo había. Vio que había tapas de tarta, y algunas verduras, y era suficiente.


Se puso a cocinar.