Con solo algunos días para la boda, quedaban muchas cosas por hacer.
Había ido a la estancia en donde se celebraría, para recibir a los familiares de ambos lados de la pareja y dejarlos
bien instalados para que disfrutaran de unos días de relajación, tranquilidad, de spa… mmm… a él también le hubieran venido bien.
Todavía tenía que ir a buscar su traje, pero mirando el reloj, decidió que lo que en realidad quería era estar con Paula.
Así que llamó a su sastre y le dijo que iría al día siguiente.
Apenas entró se percató del delicioso olor a comida, y la encontró ocupada probando lo que preparaba.
—Hola mi amor. – le dijo tomándola de la cintura por detrás y
besándole el cuello.
—Hola hermoso. – le contestó devolviéndole los besos.
Tenía los ojos rojos. Había estado llorando. Frunció el ceño.
—Qué pasa?
—Nada. Estoy un poco emocionada. Ya faltan pocos días y… – pero no pudo sostener la mentira que estaba a punto de decirle. Un par de lágrimas asomaban por sus ojos y eso
fue suficiente para que su estómago se fuera al piso. Odiaba verla así.
—Hoy fui a lo de tu mamá. Me citó para que charlemos. – dijo lo último de manera irónica.
—Paula, por qué no me dijiste? Qué te dijo? Ya mismo la llamo para ponerla en su lugar. No voy a dejar que te… –
pero ella lo interrumpió negando con la cabeza.
—Esto es bastante más complicado. Sentate y te cuento.
Se había quedado mudo. No tenía palabras, ni siquiera para consolar a su novia, que estaba llorando desesperada sin saber que hacer. Su madre no tenía límites, no tenía escrúpulos.
Pero tenía que ser más inteligente, no se podía dejar llevar por la ira o la impotencia. Sentimientos que ella nunca
demostraba. Se iba a mostrar con la misma frialdad que la misma Elizabeth.
Y le iba a ganar.
En su mente ya habían empezado a formarse las ideas que lo llevarían a frenar a su madre, de una vez y para siempre.
—Paula. – le dijo mientras secaba sus lágrimas y le besaba las mejillas. — Voy a necesitar que me ayudes. No podemos dejar que gane. La boda sigue en pie.
—Pero toda esa gente, Pedro. Tu papá…
—Yo mismo me voy a encargar de que no les pase nada. Las maniobras que tiene planeadas, aun si las aprobara todo
el directorio, podrían llevar meses. – la abrazó. —Confiá en mí.
Ella asintió.
—Ahora pensemos en nosotros. Prometeme que no te vas a preocupar por esto. No quiero que arruine nuestro día.
Ella sonrió tímidamente, secándose las lágrimas.
La abrazó con fuerza y buscó sus labios para darle un beso.
****
Le había prometido a Pedro que no se iba a preocupar por Elizabeth, pero no se le hacía nada fácil. Confiaba en que encontraría una manera de solucionarlo, pero de todas formas, no podía evitarlo.
Al otro día vio como su teléfono sonaba. Se le había cumplido el plazo para tomar una decisión. Miró el número
de su suegra, pero siguiendo el consejo de Pedro, no se lo atendió.
Seguramente estaba furiosa. Y ella temía por lo que pudiera hacer en ese estado. No quería que se vengara utilizando gente inocente que no tenía nada que ver.
Sonó un bip de su celular. Tenía un mensaje.
De ella.
Solamente ponía.
“Espero no te arrepientas”.
Le dieron ganas de revolear el aparato y estrellarlo contra alguna pared.
No.
Le había prometido a su novio que no se preocuparía. Ya habría tiempo de solucionarlo todo después.
Suspiró y siguió preparando la valija para la luna de miel.
Como la boda iba a ser de día, y requería que todos viajaran horas para llegar a la estancia, habían decidido hacer las respectivas despedidas de solteros dos días antes. Distinto a lo que se solía acostumbrar.
Pedro se juntaba con sus amigos modelos y Nico en un bar para comer y tomar para después irse a vaya a saber Dios donde. No quería saberlo.
Y ella ahora se estaba preparando para juntarse con Flor, para después encontrarse con sus amigas modelos, y
Anabela.
Sus planes eran bastante parecidos, aunque les había hecho prometer que nada de strippers, ni nada de ese estilo.
Aunque ella podía ser una, con la ropa que la habían obligado a vestir.
Una minifalda ínfima, negra de cuero, con botas altas y una remera que decía: “Despedida de soltera” en letras brillantes. Literalmente brillaban. Todo esto acompañado claro, por una vincha de cuernitos rojos en el cabello. Sin dudas lo más horrible que se había puesto.
Y ahora tenía que salir a la calle así. Estaba mortificada. Si no empezaba a tomar ya mismo, la iba a pasar mal.
Por lo menos la consolaba que todas sus amigas vestirían algo similar.
Cuando apareció en la sala, después de haberse encerrado en el vestidor por media hora sin querer salir, Pedro abrió los ojos como platos.
Fue un segundo. Y luego por poco se cae de la silla por culpa de las carcajadas.
Ella lo señaló con mala cara.
—Shh! No quiero que digas nada. – lo fulminó con la mirada.
El hizo como si se cerrara la boca con un cierre y tratando de contener la risa, le ofreció una copa de algo que estaba tomando.
—Gracias, me viene perfecto. – lo vació de un solo trago. Mierda. Qué era Whisky?, pensó cuando toda su garganta
se prendió fuego. Tosiendo un poco fue a servirse más.
—Ey despacio, Barbie. Así no vas a llegar ni a lo de Flor.
—No te hagas drama que les dije que me vinieran a buscar. Asi que no manejo. Salud! – le dijo levantando su copa.
—Salud. – contestó Pedro devolviéndole el gesto.
Quemaba.
El se levantó y recogiendo la cámara, le dijo:
—Necesito una foto de este momento.
Después de un par de fotos y copas más, cada uno partió a su despedida.
Para su sorpresa, no se había emborrachado. Festejó con sus amigas toda la noche de boliche en boliche, sacándose fotos con todo el mundo.
Incluso le habían dejado números de teléfono en el escote.
Se rió. Todo eso había sido idea de Flor. Pero dentro de
todo, podía decir que se había portado muy juiciosa.
Ahora, su novio, era otra cosa.
Cuando se levantó la mañana siguiente y no lo vió en la cama se asustó.
Se fue corriendo y lo encontró en el piso, cerca de la puerta con un cartel en la frente que decía “pesa mucho”. Se rió.
Le habían dibujado en la cara unas cuantas cosas antes de pegarle el dichoso cartelito.
Oh… ella necesitaba una foto de ese momento.
Entre risas, le sacó un par antes de moverlo apenas para despertarlo y que siguiera durmiendo en la cama.
No iba a poder levantarlo, realmente pesaba mucho. Le dio besos en los labios. Apestaban a alcohol.
Pobrecillo.
El frunció el ceño y gruñó con un gesto de dolor mientras se negaba a cooperar.
—Buen día, mi amor. Por qué no vas a dormir a la cama? – le dijo.
—No puedo. – le contestó con los ojos cerrados.
—Te sentís muy mal, no?
—Noche larga. – le dijo asintiendo.
—Parate y yo te ayudo a acostarte.
Entreabrió un ojo y la miró con una media sonrisa.
—Y te quedás un ratito a cuidarme?
Paula se rió.
—Vamos, Ken.
Apenas apoyó la cabeza en la almohada, se desmayó.
Estuvo fuera de combate por horas. Recién había
empezado a dar señales de vida a la tarde.
Ella había aprovechado para hacer todo lo que quedaba pendiente. Su vestido ya estaba camino a la estancia.
La idea es que Pedro no lo viera hasta ese momento.
Las valijas para la luna de miel estaban listas. Ya estaba todo listo.
Sonrió.
Prendió el equipo, y mientras bailaba y cantaba las canciones de la radio que tanto le gustaba, se puso a
cocinar la cena.
Su pulso se disparó, y su estómago quedo hecho piedra.
—Hola Mar. Cómo estás? – le contestó.
—Mal. Me siento como un idiota. No se ni como pedirte disculpas.
—Mar, no… – él la interrumpió.
—Hace semanas que marco tu número, y no llamo. Nunca se que decirte. Perdoname, es lo único que se me ocurre. Soy un imbécil. No te tendría que haber llamado en ese estado, ni haber dicho las cosas que te dije. – sonaba tan afectado, que no le costaba creerle.
—Esta bien. No estoy enojada. Me dolió lo que me dijiste, y espero que en el fondo no sea lo que realmente pensas.
Pero obvio que te perdono. Sos mi mejor amigo, y cuando te dije que no quería que estuviéramos mal, lo decía de todo corazón.
Escuchó que su amigo, del otro lado de la línea suspiraba, y soltaba el aire aliviado.
—Supongo que después de todo lo que pasamos, que te felicite ahora por el casamiento puede no sonarte del todo
sincero. Así que para hacerlo más fácil te voy a decir que apoyo todo lo que te haga feliz, rubia. Y si vos estás bien, yo
voy a estarlo.
—Gracias, morocho. – le dijo con lágrimas en los ojos.
—No llores Paula. Por favor. – le dijo angustiado.
—Te extraño tanto. – sollozó.
Hubo un silencio antes de que pudiera contestarle, y cuando lo hizo, su voz sonaba entrecortada. Le estaba costando lo suyo no llorar también. Se daba cuenta.
—Yo también te extraño. Voy a hacer todo lo que pueda para viajar en junio. Estuve practicando las cosas que
me enseñaste con la cámara, tengo como mil fotos para mostrarte y que me critiques.
Logró arrancarle una risa.
—Esperá. – se dio cuenta. —Cómo en junio? No vas a venir para…? – la interrumpió.
—Para tu casamiento? No puedo, rubia. Perdoname, pero no puedo. Entendeme…
—Si, si Mar. Obvio que te entiendo. Perdoname, soy muy egoísta por pretender que…
—Soy tu amigo, y querés que esté ahí a tu lado ese día. Lo entiendo. De verdad. Pero …me hace un poco mal. –
la voz se le quebró al final de la frase.
Su corazón se estrujaba, no quería escucharlo así. Ahora tomaba aire y se aclaraba la garganta reponiéndose y le
dijo.
—No se que me pasa, perdón. – dijo entre risas haciéndose el gracioso.
—Estoy hecho un maricón, llorando cada vez que hablo con vos.
Paula no pudo reír. Su garganta ardía por el nudo que se le había formado de emociones.
—Mar, te amo. Sabés?
—Y yo a vos, hermosa. – le dijo.
—Pero bueno, ya basta de ponernos mal. Hace mucho que no hablamos nos tenemos que poner al día.
Sonrió.
Lo que había restado de la charla, había sido más distendida. Sobre temas como el trabajo e ambos, la mudanza de Nico, su relación con Flor y diferentes cosas de las que Marcos se reía o tenía algún chiste o comentario que hacer. El, por su parte, le había contado que ya había jugado el primer partido con la camiseta de su nuevo equipo y había
logrado hacer un gol.
Entre promesas de volver a hablar pronto se despidieron alegres, dejando atrás las tristezas de un rato antes.
Ya no quedaba nada. Estaban en la recta final. Solo quedaba una semana para la boda. Y entre una cosa y otra,
tenía la sensación de haber bajado como 10 kilos.
Había días en los que no podía dormir de la ansiedad. Y aunque no estaba bien decirlo, se sentía mejor viendo que a Pedro le pasaba lo mismo.
Estaban felices, y el ver que todo estaba saliendo como ellos querían, los emocionaba todavía más. Se habían organizado bien, y el tiempo les había sobrado con los preparativos.
Contaban con la ayuda de todos los amigos y contactos de él para asegurarse que ese día iba a salir perfecto. Pero en
definitiva, eran un manojo de nervios lo mismo.
Estaba a punto de hacer la lista de cosas que tenía que llevar a París, su mini luna de miel, cuando su teléfono
sonó.
Elizabeth.
—Qué tal, Paula? – dijo con ese tono altanero tan característico de ella.
—Muy bien Elizabeth. Cómo está? – hizo lo posible por sonar educada y cordial, cuando en realidad lo que quería era decirle unas cuantas cosas.
—Bien, querida. Muy bien. Necesito hablar con vos.
—Digame. – le dijo curiosa.
—No, en persona. Son temas de familia, y esas cosas no se tratan por teléfono. – la regañó.
Paula suspiró, tratando de encontrar la paciencia que necesitaba para no mandarla a la mierda.
—No hay problema. Cuándo quiere que nos veamos?
—Te queda bien mañana para el té de las 5 en mi casa?
—Si, perfecto. Ahí voy a estar. – le dijo tratando de sonar alegre.
—Nos vemos entonces. – y cortó. No le dio oportunidad de
despedirse, ni lo hizo ella.
Qué quería su suegra ahora? Debía contarle a Pedro?
Estaba tan contento por la boda y el viaje, que realmente le
molestaba tener que arruinar ese humor.
Ella podía manejarlo. Vería que quería esa mujer, y le contaría después solo si tenía que hacerlo.
Llegó 5 minutos antes, sabiendo que los Ingleses eran estrictos con la puntualidad, no queriendo ganarse otra
reprimenda que la llevara al límite de tener que insultarla. Se recordó que todo esto lo hacía para que Pedro fuera feliz.
Su madre era importante para él.
Elizabeth ya la estaba esperando, sentada en una de las salas, que daba a una galería llena de flores. El lugar era
bellísimo. Hasta el más mínimo detalle derrochaba lujo y …bueno, dinero.
Todo parecía carísimo.
Una de las empleadas estaba terminando de servir una mesa, que hubiera servido para alimentar a un comedor entero. Masitas y pasteles de todos los colores y tipos, bandejas de frutas, dulces, galletas, bizcochos, macarons, había de todo.
Se saludaron de manera cordial y tomaron asiento, mientras les servían el té.
—Bueno Paula, te tenés que estar preguntando por qué te llamé. Verdad? – le dijo sosteniendo la taza
cerca de su boca.
—Me gustaría saberlo, si. – dijo sonriendo. Sujetó la taza y solo después de ver que su suegra tomaba, se aventuró
a probarlo.
No es que pensara que sería capaz de envenenarla, pero…para qué arriesgarse, no?
—Debes estar al tanto de la charla que tuve con mi hijo el día de su cumpleaños.
Se le tensaron los músculos de la cara. Por supuesto que estaba al tanto.
No le contestó. Se quedó callada esperando que siguiera hablando.
—Como sabrás, no es mi intención que se separen. Yo también fui joven, y me enamoré. – sonrió recordando. —
Cuando conocí a Francisco, perdí la cabeza. Era el centro de mi universo. – suspiró. —Pero eran realidades distintas. Muchas cosas dependen de esta decisión que Pedro está tomando. Las consecuencias… El está dispuesto a
renunciar a todo el dinero por vos.
Paula se quedó sin aire y su corazón se derritió. No se lo había dicho. Solo le había dicho lo que su madre le había
propuesto, y que se habían peleado. No que era capaz de dejarlo todo por ella.
Sus ojos picaron de emoción.
—Se quedarían sin nada, Paula. Bueno, no nada. El tiene su
capital. Pero no es nada comparado con lo que podrían tener si llegáramos a algún acuerdo.
Estaba a punto de interrumpirla, para decirle que a ella no le importaba.
Pero su suegra levantó una mano frenándola.
—Si, me imaginé que ibas a pensar lo mismo que él. Como te dije, yo también estuve enamorada. Por eso estoy dispuesta a hacer una segunda propuesta. Y te la voy a hacer a vos porque sé que querés que Pedro siga teniendo una relación con su madre y lo querés ver feliz. Además me di cuenta de que mi ex marido te cae bien. No?
Frunció el ceño confundida.
—El trato es por lo mismo, pero cambian las condiciones. No tienen que casarse. Y a cambio, estoy dispuesta a ceder parte de la herencia para vos, y para tu familia. Se que tus padres hacen un gran esfuerzo para pagarte los estudios. Seguramente vas a querer alivianarles los gastos, no? – sonrió.
—Ese dinero no me corresponde a mí. No es mío, y no me interesa que lo sea. Ni una parte ni nada. Mi familia pensaría lo mismo. Es verdad, están haciendo un esfuerzo, que pienso devolver hasta el último centavo una vez que me reciba. – dijo tratando de estar tranquila, aunque las circunstancias se lo ponían bien difícil.
—Entonces te voy a contar algo, que por ahí te hace cambiar de opinión. – tomó de su taza relajadamente, como
si tuviera todo el tiempo del mundo para seguir hablando. —Cuando conocí a Francisco no tenía ni donde caerse muerto.
Pero yo lo amaba. Y por eso es que entiendo a mi hijo. – rió. —Francisco no se sentía cómodo siendo mantenido por mí,
pero yo lo quería a mi lado a cualquier precio. Y entonces hice algo, que nadie sabe. Ni siquiera mi ex.
Sonrió de manera perversa.
—Compré la mayoría de acciones de una empresa que estaba en desarrollo, y me las arregle por hacer lo posible por que lo contrataran sin que se diera cuenta de que yo estaba a cargo. El empezó al poco tiempo a trabajar como
contador. – se rió cerrando los ojos. — Por supuesto estaba feliz, tan orgulloso de por fin tener un sueldo que se
equiparara mínimamente al estándar de vida al que su novia estaba acostumbrada. De a poco fue siendo parte de esa empresa. La vio crecer.
Hizo de ella una marca reconocida dentro de lo que es la organización de eventos. Es su vida. Lo más importante
que tiene después de Pedro. Y además me brindaba a mí un beneficio extra.
Paula no podía creer lo que estaba escuchando. Esta mujer no tenía límites.
—Me daba una ventaja sobre él. Si me engañaba, o me dejaba, yo tenía instrumentos de sobra para cobrármelas.
– dejó la taza delicadamente. —Estaba perdidamente enamorada, pero nunca fui estúpida. Yo pertenezco a una de las familias más influyentes de Londres, y él no era nadie.
Suspiró.
—Con el tiempo empezamos a llevarnos muy mal, y nos separamos de mutuo acuerdo. Yo no le guardo rencor, la verdad es que me interesa bastante poco si sufre o no. Asi que dejé las cosas como estaban. El sigue trabajando
para mí sin saberlo. Además, el día que decidimos divorciarnos, él me dijo que no iba a querer ni un centavo. No le interesaba una división de bienes. Y lo valoré, me pareció algo muy íntegro de su parte. O tal vez fue un acto de orgullo, no sé. – hizo un gesto como quitándole la importancia con la mano. —Sería una pena que todo esto se
arruinara por el capricho de dos jovencitos que no saben lo que hacen.
—No entiendo.
—Esa es la parte en donde entras vos, Paula. Es la condición en la que más tenes que pensar. Como accionaria
mayoritaria, tengo el poder de hace algunos cambios. Incluso en el directorio estuvo dando vueltas la idea de liquidar directamente esa compañía.
Francisco quedaría en la calle. Y no sé si sabes, pero por no haber obtenido nada del divorcio, los primeros años, para
encontrar en donde vivir se endeudó. No es mucho dinero, pero él ha estado ahorrando.
—Me está extorsionando, entonces…
—Te estoy proponiendo un trato. De que le digas a Pedro, que no te interesa casarte porque lo pensaste mejor y preferís vivir un tiempo más juntos antes de dar ese paso, o lo que sea. No me interesa. Y yo dejo todo como está. Incluso mejor. Así como puedo quitarle el trabajo, también le
puedo dar un ascenso, un aumento, o lo que sea que estés dispuesta a negociar. – la miró fijo —Porque vos podés pensar que mi hijo va a ayudarlo, a prestarle el dinero, y podés tener razón. Pero para Francisco va a ser durísimo tener que pasar por semejante humillación ante Pedro. Y él no aguantaría ver sufrir a su padre. Y vos no querés eso, no?
Paula no contestó. Se había quedado totalmente congelada.
Con una sonrisa siniestra le dijo.
—Tenés 24 horas para decidirlo. Y quiero que tengas en cuenta que una vez liquidada la empresa, no es solamente
Francisco quien va a quedar en la calle.
Una de las empleadas domésticas que había llegado un minuto atrás se acercó a su silla cuando su jefa le hizo señas.
—Ana Laura, por favor acompaña a Paula hasta la puerta que se retira.
Y sin dedicarle otra mirada, pasó por su lado dejándola sola.
Confundida, fue hasta el auto y manejó hacia el departamento.
Por suerte, Pedro, no estaba para verla en el estado que había llegado.
Empezó a sentir un dolor en la boca del estómago. Sentía nauseas.
En sus manos estaba el destino de mucha gente.
De repente sintió como si una enorme carga se hubiera instalado en su espalda y sus ojos comenzaron a arder.
Tomando aire muchas veces, se dejó llevar por el llanto que llevaba atascado por horas.