martes, 8 de diciembre de 2015

CAPITULO 66




El día siguiente, habían aprovechado para salir a pasear y conocer, porque en breve tendrían que volver a Buenos
Aires, y había tanto que Pedro quería mostrarle a Paula antes de irse. La ciudad en donde nació, los lugares a lo que él iba, sus comidas favoritas…


—No nos va a alcanzar el tiempo, Barbie. Me parece que vamos a tener que volver. Cuando se terminen las clases, querés? – le dijo mientras caminaban por la calle tomados de las manos.


—Me gusta la idea, Ken. – le dijo sonriendo. Le encantaba que él viera un futuro en su relación. Que pudieran
hacer planes a largo plazo la emocionaba.


Estaban en el St James's Park, disfrutando el aire libre. Quedaba cerca del palacio de Buckingham, en plena
ciudad de Londres.


Todo era de un verde brillante, con pequeñas flores de todos colores plantadas prolijamente en los alrededores.


Pedro la llevó hasta la orilla de un estanque, donde algunos patos flotaban lentamente a la luz del sol.


Había mucha gente ese día. Al ser verano, todos se acostaban en el pasto o se refrescaban a la sombra de algún
árbol. Era precioso.


Se sentaron abrazados cerca de unos tulipanes, que habían sido ubicados en degradé de color. Desde un magenta
fuerte, hasta unos rojos, y otros intermedios hasta llegar a los amarillos brillantes.


—Esto es hermoso. – dijo ella suspirando.


—Me hace acordar un poco al día de la Isla. – le dijo Pedro, acariciándole el pelo.


—Si. – sonrió. —Ese día fue perfecto.


El rió.


—Sacando la parte en que te pusiste verde, y te mareaste…


—Ufff… si. No me hagas acordar. Pero ni siquiera eso lo arruinó.


Se acercó para darle un beso, pero justo cuando estaba a punto de rozarle los labios, su celular empezó a sonar.


Lo sacó, y vio el nombre de Marcos en la pantalla. La cara de Pedro había cambiado. Se había puesto serio. Pensó
en no atenderlo, pero se sentía demasiado culpable, así que haciendo un gesto de disculpa, lo atendió.


Pedro, se separó de su abrazo y se levantó. Caminó por el sendero que estaba a su lado, y se acercó más a la orilla, distanciándose.


—Hola Mar.


—Hola rubia, podes hablar ahora, o preferís que te llame después?


—No, no. Ahora puedo, decime.


—Te llamo porque tengo dos días libres, y pensaba ir mañana a Londres, así nos vemos y nos despedimos antes
de que vos vuelvas a Argentina, y antes de que yo empiece 
con el entrenamiento.


—Si Mar, de una. Dónde querés que nos juntemos?


—En tu hotel, te parece? Como a eso de las 4 de la tarde, hora de allá?


—No me estoy quedando en el hotel. Estoy en lo de Pedro. – le dijo cerrando los ojos, sabiendo que con eso lastimaba
a su amigo.


—Ah. – dijo él disimulando un sentimiento que ella no supo descifrar.


—En mi hotel, entonces.


—Dale, mándame un mensaje con la dirección.


—Paula? No se en realidad como decirte esto, y que no te lo tomes mal.


—Decime.


—Mañana nos podemos ver, solos? Es la última vez que nos vamos a ver en mucho tiempo, me gustaría hablar con
vos…y… 


Que Pedro no fuera… Ella ni siquiera se lo había planteado como una posibilidad. Se estaba por despedir de su amigo. Necesitaban tiempo para ellos dos.


Se lo debían después de todo lo vivido juntos.


—Si Mar. No me lo tomo a mal. Para mí también es importante verte, voy a ir sola. Esto es algo entre nosotros dos, nada más, en tu hotel.


—Te quiero, rubia. Quedamos mañana a las 4 en el bar de mi hotel. Un beso, hermosa.


—Yo también te quiero. Un beso, hasta mañana.


Cortó el teléfono, y se acercó a donde estaba Pedro. Este estaba mirando a los patos, pero sin prestarles atención.


Se lo veía algo triste, o molesto. Ella lo abrazó por la cintura.


—Todo bien? – le preguntó.


—Si, perfecto. Cómo anda tu amigo? – le dijo en tono frío.


—Bien. Mañana nos vamos a ver. Va a estar en Londres, y quiere aprovechar para despedirse. Ahora va a jugar en un equipo de Italia, y… – lo miró. Podía darse cuenta de que estaba luchando por no decirle algo. —Pedro, qué pasa?


—Qué pasa? El está enamorado de vos, eso me pasa. Y no se hasta que punto no lo estás vos también de él.


—Pedro, sabes que no es así. – le dijo ella frunciendo el ceño.


—No lo sé. Lo único que se es que, él te llama, y dejas de hacer lo que sea que estés haciendo para atenderlo. Tuvieron una historia…no me puedo olvidar de eso.


—Eso ya pasó. Somos amigos, se está por ir a vivir a otro país, quiere que nos veamos.


—Solos. – dijo él levantando una ceja. —En su hotel.


—Estabas escuchando? – le preguntó sorprendida.


El no le contestó. Miró de nuevo el estanque. Y después tomó aire.


—Vamos, se está haciendo tarde.


—Estamos hablando.


—No quiero seguir hablando de esto. – le dijo todavía sin mirarla.


Ella suspiró. El era quien tenía el problema, si no quería hablar, pues que no hablara.


No había hecho nada malo, y tenía todo el derecho del mundo de hablar con su amigo, de verlo y de despedirse.


Pedro estaba exagerando.


Tanto le había reclamado que ella no tuviera confianza, pero él no estaba demostrando mucha.


Caminaron hasta su casa y él se fue a bañar. Ella aprovechó y cocinó algo liviano.


Comieron en silencio. No volaba una mosca. Era ridículo.


Se paró y buscó el equipo de música. Puso un cede con el que había viajado. Era un compilado con canciones de los 90.


El primero era Don't speak, de No Doubt, se rió un poco. Era tan adecuada para ese momento. Se sentó en la mesa,
como si nada, mientras empezaba a sonar.


El la miró y pudo ver como, muy a pesar de querer ocultarlo, un amago de sonrisa asomaba por las comisuras de su
boca. Se mordió los labios y siguió comiendo, sin volver a mirarla.


Le iba a costar un poco, pero sabía como mejorar su humor.


Sostuvo el tenedor y empezó a cantar. Comparada con Pedro, su voz no era tan maravillosa. De hecho,
comparada con un perro tampoco lo era, pero no le importó y siguió cantando por lo bajo.


En el estribillo, ella trataba, luchaba con los agudos, y entre risas seguía cantando. Sabía que sonaba horrible, y
se estaba tentando.


El, se había contenido como podía, pero en uno de los estribillos se quebró.


Paula estaba desentonando tan feo que él fruncía el ceño, como con dolor y sonreía. Eso solo hizo que ella se riera
más fuerte, y sonara peor.


Tomando valor, se acercó a él y se sentó en su regazo. Dejó de cantar para darle un beso.


El se lo devolvió acariciándole la espalda.


—No quiero que estemos mal. – le dijo ella.


—Yo tampoco, perdoname. – le contestó pegando su frente a la de ella.


La canción cambió a Lovefool de The Cardigans y se rieron.


—Estas canciones me hacen acordar a cuando era más chico y empezaba a modelar.


—Seguro eras igual de lindo que ahora, y tenías a todas tus compañeras de la escuela persiguiéndote.


El se rió.


—No iba a la escuela, Barbie. Tenía tutores. Vivía viajando, era imposible. Y en cuanto a lo de las chicas, no me puedo quejar… – dijo pensativo.


—Tuviste muchas novias de chico?


—No tuve nunca novias. Solamente una novia. Vos.


Sonrió y todo su corazón se derritió.


—Bueno, amiguitas…


—Si. Muchas. No es que me esté agrandando, pero bueno, me gustan las mujeres. Y vos? Muchos chicos persiguiéndote en la escuela?


—No, me puse de novia muy chica. Con el chico que me dio mi primer beso. Y estuve más de 4 años con él.


Pedro se quedó pensativo.


—O sea que…cuando viniste a Buenos Aires, habías estado con él solamente…


—Si. Solamente con él. – se rió, sabiendo a lo que él se refería. — Solamente me acosté con él, antes.


—Y cuando te conocí, empezaste a tener amiguitos. Me acuerdo que te veía en las fiestas…


—No, no. – lo interrumpió ella. — Un par de besos nada más. No me acosté con ninguno de esos chicos.


—Pero cuando tu ex fue a visitarte…


—Si.


El asintió pensativo.


—Y con Marcos nunca…


—Nunca, Pedro.


—Solamente estuviste conmigo y con tu ex? – preguntó sorprendido.


Ella asintió.


—No tenía idea – dijo pensativo.



****


Cuando apenas la conoció, se había imaginado que ella no era como las chicas con las que salía, pero no sabía hasta que punto.


Solamente había estado con su ex, y con él había mantenido una relación seria, de años.


Cómo es que ella había confiado en él casi sin conocerlo? 


Su corazón se inundó de un sentimiento cálido.


Se sentía honrado. Sorprendido. Y amado.



****


Esa noche, no habían vuelto a discutir, ni a estar distanciados. Se habían comunicado como mejor lo hacían,
adorándose como mejor sabían.











CAPITULO 65





Una vez en el auto, ninguno de los dos hablaba. Cada uno estaba inmerso en sus propios pensamientos.


No podía creer que una persona como esa, estuviera casada alguna vez con Francisco, el padre de Pedro. Ella lo había conocido algunos meses antes, y era un hombre cálido, simpático cariñoso. En un principio, había tenido un concepto errado de él. Porque no apoyaba la carrera de su hijo, pero después supo darse cuenta de que era solo porque no quería que estuviera lejos.


Su madre era otra cosa.


Suspiró. Ya se habían ido, no tenía sentido seguir dándole vueltas al asunto.


Pedro no era como ella, no pensaba así.


—Nunca deberíamos haber venido. – le dijo mientras manejaba.


Ella se mordió el labio y después dijo. —Pedro, no hace falta que te pelees así con tu mamá por mí. – dijo sin poder
contenerse.


—Escuchaste lo que hablábamos? – dijo él golpeando el volante.


—Si, escuché, sin querer. Perdón.


—No. Soy yo quien tiene que pedir perdón. No hagas caso a nada de lo que dijo. No era su intención. Solamente quería, …protegerme. O por lo menos, ella piensa que es eso lo que está haciendo. Pero no pienses ni por un segundo que yo voy a dejarme llevar por… – y ella lo interrumpió.


—Ken, no tenés que decirme nada. Yo sé. – le puso una mano en el hombro, cariñosamente.


El apoyó la cabeza en su mano, y le dio un beso.


No siguieron hablando del tema.


Cuando llegaron a casa de Pedro, se fueron directo a la cama. Después de lo que había sucedido, lo único que
querían era reconfortarse en los brazos del otro.


Cuando estaban juntos, todos los problemas desaparecían, era su manera de borrarlos, y todo parecía tener solución.


Ella recordó que el vestido era carísimo, así que tuvo especial cuidado en quitárselo en el cambiador, y dejarlo
colgado en una percha, para que permaneciera liso, sin arrugas.


Cuando salió los ojos de Pedro se abrieron como platos. La ropa interior nueva, pensó y sonrió pícara.


Dio una vueltita antes de acercarse a él, para que pudiera apreciarla desde todos los ángulos a cierta distancia. Se
sentía especialmente confiada, porque sabía que le quedaba muy bien, y resaltaba sus curvas y formas naturales.


De alguna manera, realzaban sus atributos más bonitos.



****


La miró, tratando de tomar una fotografía mental de su cuerpo. Estaba perfecta.


Antes de volver a Argentina iba a asegurarse de volver a La Perla y comprar suficiente ropa interior para que ella pudiera lucir uno de estos conjuntos cada noche.


Sus piernas, se veían largas y torneadas gracias a la forma de la lencería , y su color. Era casi transparente, y estaba empezando a faltarle el aire.


El bustier sujetaba sus pechos, y los formaba de manera que su escote se acentuaba y hacía que su cintura luciera
pequeña. Toda su piel brillaba con el color de las prendas. El contraste del encaje, con las cintas de seda, era tan delicado, y a la vez, tan sensual. Era mil veces mejor a lo que se había imaginado en la tienda.


Y se había pasado un buen rato recreando la imaginación.


La miró sonriente y se le abalanzó.


Tomándola por la cadera, la tiró en la cama y encima de ella, comenzó a besarla.


Ella se reía por la desesperación con la que la había agarrado, y él no podía más que contagiarse de esa
hermosa risa.


Pasó sus manos por todo su cuerpo, deteniéndose especialmente en su entrepierna.


Sintiéndola a través de esa tela.


Ella estaba sonrojada y se mordía los labios. De a poco fue abriendo las piernas más, dándole espacio hasta que
estuvieron muy cerca.


Pedro se desvestía, mientras no dejaba de besarla, ella se movía volviéndolo loco.


Agarró su ropa interior por el elástico y se lo bajó hasta que estuvo desnuda de la cintura para abajo.


Ella se arqueaba, ansiosa, mientras él se tomaba su tiempo provocándola con sus manos.


La tomó por la cadera, y la puso por encima de él de un solo movimiento.


Estaba perdido, en esos ojos azules claros, en su cabello rubio cayéndole sobre los hombros.


Acarició su mejilla suavemente.


Paula lo miraba fijo mientras moviendo la cadera lo tomaba, muy despacio.


—Te amo, Barbie – le dijo suspirando, dejándose llevar por la sensación de estar dentro de ella.


—Te amo. – le dijo ella, antes de empezar a moverse.


Tiró la cabeza para atrás gruñendo mientras ella tomaba el control, dejándolo sin aliento.


Su mirada le transmitía todo lo que quería ver. Solo mirándola, podía darse cuando empezaba a acelerarse, a
acercarse al límite. No tenía que pensarlo, no tenía que decirlo, sus ojos le decían cuando.


La tomó por las caderas y se acopló a sus arremetidas, con fuerza, más rápido.


Ella hizo lo mismo, y estaban perdidos.


El mundo desaparecía, y solo estaban ellos, conectados, unidos, apurando ese último momento que los dejó desmoronados a los dos.


Respirando trabajosamente, y con la sensación de que el mundo acababa de estallar.


La acercó hacia su pecho, mientras seguía acariciándola. 


Ella tomando su mano, entrelazó los dedos.


Ese simple gesto, pensó, le decía tanto. Le transmitía tanto amor, que no necesitaba que hiciera ni dijera nada. El
apretó más su mano y se la llevó a los labios para darle un beso.


No sabía si era por la discusión que había tenido más temprano con su madre, o por que, pero necesitaba sentir
que estaban bien. Que estaban juntos, y ahora, después de todo lo que habían pasado, nadie los podía separar. No iba
a permitirlo.



****


Paula estaba recostada sobre el pecho de él, mientras la seguía acariciando. Todo parecía tan simple, tan fácil desde esta perspectiva. No había problemas, no había celos, no había diferencias. Eran ellos dos. Pedro y Paula.


Le tocó la espalda, y con cuidado, le desprendió el bustier. 


Volvió a abrazarla y gruñó.


Sentir su piel en contacto con la suya, caliente, suave, maravillosa.


No pasó mucho tiempo y ya estaban donde habían comenzado. El le tocaba y besaba la zona recién liberada, y la hacía retorcerse de placer.


No tenía idea de que hora era cuando se habían dormido, finalmente.


El sol empezaba a brillar, y entre las cortinas, los rayos calentaban apenas su piel. Sonrió. Se abrazó a Jamie y cerró los ojos.